7 de marzo de 2009

Fincherismos (I)

Este año ha quedado claro que David Fincher quiere su Óscar, y lo quiere ahora, y está empeñado en hacer esa película que quiere la Academia, o que la Academia cree que debe querer. Sin embargo, también hemos confirmado algo que ya sabíamos: la Academia, salvo excepciones, suele preferir la película apreciable pero intrascendente, simpática pero sin rematar, exótica en apariencia pero trillada y previsible en su esencia, a las que dentro de una década recordaremos que dio este año y que suelen competir en la gala en un segundo y hasta tercer plano. Hay mil ejemplos: todos recordamos que las obras maestras de los noventa, los Goodfellas, JFK, Drácula, Pulp Fiction, 12 Monos, Se7en, Magnolia, estuvieron nominadas muy por detrás de otras películas que por lo general no han perdurado de la misma forma, o no han perdurado en absoluto. Es el ejemplo de Brokeback Mountain, que dentro de 15 años será claro que sí aquella película de vaqueros manfloritas con Heath Ledger qué bueno que era ese chico qué pena más grande menos mal que le dieron el Óscar a tiempo, mientras que de la que ganó no se va a acordar ni Paul Haggis, porque era todas esas cosas que he dicho más arriba. De la misma manera que ahora celebramos –es un decir– el décimo aniversario de una de las mejores cosechas de los últimos tiempos, la de 1999, recordando mucho más Matrix, El Sexto Sentido y Fight Club que cualquiera de las que ganaron, si es que se acuerdan de lo que pasaba en American Beauty más allá de Kevin Spacey pajeándose en la ducha.

Y no es que El Curioso Caso de Benjamin Button sea Historia del Cine. Tiene varios handicaps serios, empezando por lo más evidente: que es un remake guionístico de una película que precisamente es una excepción a lo que digo y sí ganó el Óscar de ese año a la Mejor Película. Pero si hay algo por lo que me interesa su director –y me interesa por unos doscientos motivos – es que con cada una de sus películas logra atrapar esa magia que es el Tiempo. El tiempo absoluto, el tiempo cósmico. Ese ingrediente misterioso que hace que una obra perdure por encima de las demás, el maná que hace que la primera Matrix parezca más reciente que sus secuelas, o que Fight Club pudiera dar el pego perfectamente como un estreno de la semana que viene, y de dentro de cinco años. Fincher es el Benjamin Button de los cineastas.

Así que, en un esfuerzo por localizar ese ingrediente mágico, he hecho una lista caprichosa y enterada de los elementos que construyen el cine de David Fincher, tanto puntuales como intrínsecos a su forma de interpretar el medio, y por ende, el mundo. No se me asusten: les advierto que usaré gafapastismos como guionístico, fincheriano y gafapastismo, y echaré mano de terminologías poco ortodoxas cuando no inventadas o deliberadamente chorras, como por ejemplo la de Rafa Méndez al decir que Fincher tiene crackadas frías, crackadas calientes, crackadísimas y supercrackadas. Explorémoslas.

La panorámica de marca. Ese movimiento de cámara que llamamos panorámica es para Fincher lo que las tetas eran para Russ Meyer: un elemento vertebrador del discurso. Con ellas consigue dibujarnos un mapa que viene de perlas a la hora de tener claras las coordenadas físicas, narrativas y emocionales de la escena. También le sirven para administrar el tempo como ningún otro de sus trucos. Usando términos musicales, la panorámica fincheriana reajusta la longitud de los compases entre frase y frase de partitura, acomodando nuestra percepción a sus objetivos de forma y fondo. Monte tres planos fijos y tendrá un pase de diapositivas; monte tres paneos de este director de orquesta y tendrá un baile. A ese respecto, Pan(oram)ic Room y El Curioso Caso de Benjamin Button son un auténtico vals vienés, de los de frac y pajarita, una orgía caligráfica, una sesión de masaje para las retinas.

El Artículo 34, en Fight Club y Panic Room. Fincher es, con permiso de Robert Zemeckis, el que mejor ha entendido eso del narrador omnisciente. Su cámara es el ojo que todo lo ve: lo conoce todo, pasado, presente y futuro, sabiendo a dónde mirar en cada milésima de segundo, hasta qué milímetro de parqué va a llegar el pie del actor. De igual modo, está por encima de la realidad física y sus barreras e imperfecciones, decidiendo su nivel de tolerancia a las mismas (cámaras-hombro, transfocos, etc.), filtrando o amplificando la narración igual que la voz que resuena en su cabeza cuando usted lee una novela. La cámara fincheriana puede pasar entre dos barrotes de una barandilla o por el asa de una cafetera, atravesar paredes, y transparentar suelos, revolotear por el interior de un cubo de basura o del cerebro de Edward Norton, meterse dentro de una bombilla, darnos un primer plano de Linda Evangelista desde dentro de su jersey, miniaturizarse en un plano continuo hasta tener el tamaño de unas migas de hormigón, o cabalgar unas bolas Newton fuera de control como hace al final de Only. Fincher es a la realización de películas lo que Shaquille O’Neill es al baloncesto de acuerdo con la Constitución de Andrés Montes: el Artículo 34, que como todo el mundo sabe dice así: hago lo que quiero, como quiero, cuando quiero y porque me da la gana. Por cierto, el fotograma de arriba es de The Game.

La subjetiva de la bestia, en Alien³. Cuando en The Game hay un personaje cayendo desde lo alto de un edificio, entre planos tranquilos de resignación suicida, hay un inserto brevísimo de una subjetiva del paisano, en la que vemos sus (nuestras) piernas siguiéndolo en la caída. ¿Saben cómo se consigue ese complicado recurso visual? Se coge un muñeco, se le ata una cámara, y se tira a tomar por culo por la ventana. Hay más subjetivas bárbaras en las otras películas, pero sin duda, la reina es la que le colocó al monstruo de Alien³ una de esas películas que seguramente usted infravalora. Fincher aportó esta novedad a la saga, rompiendo con los dos o tres planos que de forma muy discutible se puedan calificar de subjetiva del bicho en las dos entregas anteriores de la saga. Una cosa es el típico plano de amenaza, rutinario hasta la muerte –ya saben: miramos a la rubia tetuda desde detrás de unos matorrales– en el que se establece que algo acecha al personaje, y otra muy distinta es una subjetiva total, con lente propia, movimiento único y en especial una ruptura de la horizontalidad que, con esos saltos de techo a pared a suelo y vuelta para arriba, cumplen una misión esencial: nos meten en el cuerpo de la bestia en un momento de la película en el que necesitamos plantear una equivalencia tácita entre la protagonista y el monstruo para que la cosa trascienda el simple body count y se convierta en lo que debe ser: un duelo cara a cara entre el león y el cristiano.

El ojo robótico, en Panic Room. He aquí otro ejemplo de la meticulosidad con la que trabaja este tipo, y del concepto de narrador omnisciente que, por definición, no debería cometer errores de encuadre o imprecisiones de movimiento. En Panic Room Fincher necesitaba un par de esos movimientos de cámara milimétricos, de los de 93 tomas (esto no es un chiste). El pulso de su inmundo operador humano no le bastaba, así que decidió mandarlo a su casa y llamó al operario del mo-co, esa máquina de Satanás que almacena en su memoria los movimientos de cámara para poder repetirlos un número indefinido de veces con total exactitud; así se consigue filmar complicados efectos visuales que requieren dar n pasadas con variaciones sobre un mismo set. Trinquen el dvd y fíjense en el plano en el que se activan los monitores de la habitación (14’29’’), o en aquella panorámica del dormitorio vacío en el que seguimos en travelling hasta un contrapicado de la bañera (13’02’’). Sepan que ahí están ustedes viendo a través del ojo de una máquina, de un cyborg que recorre de forma matemática las coordenadas introducidas por un genio maléfico, sin desajustes de pulso, cadencia o foco, en un plano en que el uso de este dispositivo denota un grado de meticulosidad digno de hacérselo mirar. Que venga Cameron y lo vea. Es lo que llamamos tirarse el mo-co.

Subliminal my ass! Cuando Fight Club se habló mucho de los insertos subliminales de Brad Pitt durante el primer acto, integrados en la trama como los fotogramas de rabos tiesos que su personaje introduce subrepticiamente en pelis Disney. Más allá del uso alegórico que tiene ese elemento en esta película concreta, a la hora de relatar la incubación de un personaje en el sentido más literal de la expresión, Fincher ha demostrado un interés en ese recurso y en sus efectos sobre el espectador con insistencia desde su primera película, en una manifestación más de su intención de sorbernos el seso por todos los orificios. En Alien³ Clemens llevaba a cabo una autopsia en el cuerpecito de la pequeña Newt ante la mirada turbada de Ripley. Durante la escena se nos muestran algunos detalles de la operación en forma de insertos brevísimos que no llegan a ser subliminales pero lo parecen mucho; En The Game, cuando Nicholas Van Orton descubre una pila de polaroids guarrillas, su contenido se nos insinúa con la misma táctica, y recuerden que, en Se7en, lo que hace que Mills dispare a John Doe es un inserto de cuatro fotogramas de un primer plano angelical de su mujer asesinada. Si no le vieron el plumero a Fincher hasta que les presentó a Tyler Durden es que no estaban prestando atención.

Sigo otro día.


1 de marzo de 2009

Piloto automático

La antesala de los Óscars, un espectáculo dantesco.
El enfant terrible del cine y su duelo interpretativo
Con el Rey Midas de Hollywood.

El Primer Mundo, segundo clasificado.
La tercera vía del gobierno es el Cuarto Poder,
Y su quintaesencia, el sexto sentido del Séptimo Arte.

La ilegalizada batasuna impone su hoja de ruta.
La lacra del terrorismo nos trae la crispación
Y la crisis de gobierno, bajo el paraguas de la ONU.

La práctica totalidad se quemaría a lo bonzo,
Se autoinmolaría, antes de una larga enfermedad.
Segar una vida que se salda con una muerte.

Violencia de género para con uno mismo: homofobia.
La tolerancia está en avanzado estado de descomposición.
Una ola de calor que da ganas de arrojarse al vacío.

Para descerrajarle dos tiros, a este amasijo de hierros.
La prensa está en avanzado estado de descomposición,
Con encefalograma plano... presuntamente.

27 de enero de 2009

30 de noviembre de 2008

Inocente!

Francamente, se me hace difícil seguir leyendo sobre el asunto de los derechos de autor y el P2P. Sabemos que quienes defendemos las redes de intercambio libre tenemos la razón y que todo está ya dicho, pero también que, en el fondo y como todas, ésta es una batalla perdida. Pero de vez en cuando llega alguien como el Pianista, da un puñetazo en la mesa, y se casca un post imprescindible que hace que uno sueñe; que sueñe con una repercusión a la altura del texto, que haga que otros autores lo reflejen y lo implementen, y lo reboten hasta hacerlo accesible no sólo para los ordenadores sino también para las mentes de los que tienen capacidad de decisión en estos asuntos y aún no han perdido la integridad a base de estrechar manos y cheques. Un post que ilusiona. Llámenme inocente.

«Además, ¿no hay un contraste sorprendente entre el alcance global de la lucha contra el P2P y la relajación con la que se combate el top manta? Todos esos ridículos anuncios que el Ministerio de Cultura paga a precio de oro intentan convencernos de que no descarguemos obras, no de que no las compremos en el top manta. ¿Por qué?

Porque la oferta del top manta reproduce las imposiciones culturales del mainstream. En el top manta sólo se venden best-sellers y blockbusters. Representa un diezmo económico, pero es una pérdida asumible, un mal menor. Sin embargo, el P2P es un verdadero desafío al sistema, porque rodea sus imposiciones, recupera títulos que las grandes empresas decidieron enterrar, permiten que el espectador/oyente configure su propio catálogo cultural, fomenta la distribución horizontal, permite una comunicación directa entre el autor y el espectador. En definitiva, revive a la bestia negra de una empresa global de distribución de contenidos: la libertad.»

No, en serio: llámenme inocente. Lo soy, y usted también. A ver si se enteran de una puta vez: Mea Culpa y Caga Leyes.

Edito al día siguiente: ELPAÍS.com publica –titulándolo con la brillantez habitual– el decálogo de falsedades que nos intenta colar el Ministerio de Cultura. Véanlo aquí.

7 de noviembre de 2008

!!!

¿Recuerdan a los Bros, ese dúo pop de mellizos gayeteros que acercaba peligrosamente las ideas preconcebidas de homosexualidad e incesto en la época en la que todo era tela vaquera, barbas de cuatro días y pendientes para hombres?


¿...?

Pues bien, he descubierto algo desconcertante:



Sí, es Luke Goss.

Qué quieren que les diga. Me acabo de enterar.

18 de octubre de 2008

!!!

Gracias a Hanasu me entero de que Maureen Dowd ha publicado una columna en el NY Times en la que advierte, bajo el título Somos Roma? de la caída del Imperio Americano. Y lo hace de la mejor manera posible: en latín y de cachondeo.

El texto incluye a los protagonistas del foro público Ioannes McCainus (el mavericus), Sara Palina (a la que retrata con el apelativo cariñoso de barracuda borealis), Baracum Obamam (Mortem! Amator terroris! Socialiste!), y por el camino da con expresiones descacharrantes como rabble-rouseribus, Primus Dudus, o Depressione Magna II.0.

Omnes de Georgio Busio Secundo colossale goofballo. “V” (because there’s no W. in Latin) etiam duxit per disastrum ad gymnasium.

Es con mucha ventaja el LOL del día. Léanlo aquí: Are We Rome?

15 de octubre de 2008

Y de pronto... ¡el Dr. Repronto!

Ya llegó la segunda tanda de episodios de esa crackada absoluta llamada Reflexiones de Repronto. Si, existe un (video)blog cuyo título incluye la palabra reflexiones y que sin embargo no tiene nada que ver con los comentarios inanes de un adolescente depresivo mirando por una ventana lluviosa.

Y si les sorprende que un videoblog sea tan divertido como inteligente es que no han entendido que entre la pretensión de divertir a un público y la de ir al fondo de las cosas no existe la más mínima diferencia.


8 de octubre de 2008

Crisis

Permítanme descontextualizar un titular ya descontextualizado. Dice José Maria Hidalgo, secretario general de CCOO:

El trabajo es la mayor garantía de libertad y riqueza.

Bien, yo diria, aunque me pese, que tiene razón. Aunque le pediría al Sr. Hidalgo que tenga los santos huevos de decir lo que realmente significa esa frase:

El dinero es la mayor garantía de libertad y riqueza.

Bienvenidos al final de la Izquierda.

Se habla de que ha llegado el momento del colapso del Capitalismo, pero no se regodeen: ustedes morirán con él. Y no será ahora, sino dentro de muchos años, cuando hayamos superado este nuevo aviso de que el Sistema no sirve ni para cumplir con la apariencia de que funciona, que es para lo que ha valido hasta ahora. Y petará por algún otro motivo estúpido como unas hipotecas truchas o alguien gritando fuego! en las páginas de un periódico, cuando la propia derecha liberal dé la alarma para corregir el rumbo de la pasta con un golpe de volante, pero sin quitar el pie del acelerador.

Eso, con toda seguridad, tendrá lugar después de un nuevo puñado de años de emputecimiento de las instituciones mundiales, de guerras inmorales y de presidentes del mundo cubiertos de sangre y llenos de ponzoña. Años en los que la izquierda seguirá haciendo carantoñas a la cultura, mirando que haya igual número de estúpidos que de estúpidas y muy cómoda en su superioridad moral. Pero con la alarma rota. Y la ética afónica.

En otras palabras, el Sistema se curará ahora, con bail-outs y liberal-nacionalizaciones y permanecerá fingiendo que todo está bajo control mientras la derecha hijaputa hunde la cara en el barro a la mitad del planeta y la izquierda usa sus mismos argumentos engalanados con la parafernalia dialéctica de la vieja guardia. La derecha dice dinero y la izquierda dice trabajo, pero sus realidades políticas y sociales han ido convergiendo hasta el punto de estar hablando de lo mismo. Esta crisis no representa otra cosa que la gran victoria del Capitalismo.

27 de septiembre de 2008

Humor vs. Comedia (2ª parte)

Previously on !!! ponía el ejemplo de la música española de los 70 para explicar la necesidad que tienen los creativos de reproducir sus influencias al tiempo que se ven reproducidos en ellas, especialmente cuando el medio artístico en el que se mueven es nuevo y/o está poco explorado. Perogrullada: este fenómeno tiene que ver con lo más profundo de nuestra forma de ser y, como cualquier otra de nuestras cualidades, se ve amplificado o reducido por el medio en el que nos desenvolvemos. Si aplican eso a nuestras fronteras... en fin, ya me siguen. Permítanme que abrase con lo de la música un momento. Después de los años de renovar viendo lo que hacían fuera para ir contra lo que entonces era el Sistema, la música en España llegó a lo que se llamó Movida Madrileña, que en mi opinión es como el Ferrán Adriá que de tanto transgredir acaba en la coprofagia.

¿Quién soy yo y a dónde voy?
(¿Quién es él y a dónde va?)
¿De dónde vengo y qué planes tengo?
(¿De dónde viene y qué planes tiene?)
Gran ganga, gran ganga, soy de Teherán
(Gran ganga, gran ganga, él es de Teherán)
¡Calamares por aquí, boquerones por allá!
Aaaaaaah...


Me dirán que eso es comedia, no música. Me dirán que Almodóvar y McNamara eran algún tipo de sátira, y les daré la razón. Se supone que Sé lo que hicisteis también es una sátira, pero mi sensación es que termina convertido en aquello que parodia. Como Torrente. Como el Chiki-Chiki. No los desprecio, al contrario: admiro la maquinaria empresarial que llevan detrás. Querer ganar pasta con uno de esos fenómenos cómico-mediáticos está muy bien, pero tiene el problema de terminar quemando el producto. Del mismo modo que queman a los guionistas de comedia en España, como Santiago Segura quemó las intenciones de su personaje y como el Chiki-Chiki pudiera haber quemado, Eurovisión no lo quiera, al actor que está detrás. ¿Por qué? Porque no son comedia, sino humorismo. ¿Y qué es la comedia? La expresión de pánico que hay en mi cara al teclear esto.

Es casi imposible –y bastante inútil– dar una definición de comedia. Es un mecanismo tan primitivo como el fuego, tan simple y tan complejo a la vez, que podemos divagar acerca de sus características pero en realidad sólo interesa una cosa: si quema o no. Voy a dar una definición, de las miles posibles, y les pido disculpas de antemano por el cumshot intelectual que se les aproxima. Recuerden que hablamos en concreto de la comedia oral, discursiva, la que se ve en la mayoría de los programas de humor y en el stand-up. Atención:

La comedia es el discurso que racionaliza la realidad, la descompone en capas de prioridad, y la devuelve al espectador alterando el orden de las mismas. Aquí tiene el papel higiénico.

El humor, por contra, tiene más que ver con el cómo que con el qué. Humor es un acento, una jeta rara, un chiste de Jaimito. Cuando uno sobreexplota y sobreexpone el humor, sigue funcionando, y si se agota será por hastío del respetable o por suicidio del autor. En cambio, si se hace lo mismo con la comedia, deja de ser graciosa en el acto. Por muy genio que sea Woody Allen, si le ponen a escribir un programa de comedia de dos horas diarias al cabo de los primeros 20 minutos de programa las únicas risas que oirán serán las de su psicoanalista viéndose venir la factura del mes siguiente. Si cogen ustedes a Chiquito de la Calzada, uno de los más grandes cracks del humorismo –fíjense que no he dicho cracks de la comedia–, y le ponen a contar chistes a su manera durante dos horas todos los días, acabará usted hastiado y embrutecido, pero Chiquito será consistente en su trabajo. Tan sólo necesitará unos litros de Redbull.

Ésa es la verdadera tonterida española. Aquí tenemos un sentido del humor envidiable, nos reímos hasta de nuestra puta madre. Tenemos humoristas para aburrir, literalmente, pero cómicos en el sentido estricto ha habido muy pocos. Y los que ha habido han tenido un pie en uno de los géneros históricos sin llegar a lograr una autonomía creativa total: Miguel Gila en su costumbrismo, Tip y Coll en el surrealismo o Martes y Trece con su herencia del entremés, siendo muy grandes los cinco, son buenos ejemplos de esto. Gila en concreto es para mí lo más cercano que hemos tenido al stand-up comedian americano, al menos en las ocasiones en las que nos ha salido natural, sin copiarlo.

De ahí viene esto, ¿recuerdan? El copypaste lastimoso de SLQH a un clásico instantáneo de Sarah Silverman y el equipo de Jimmy Kimmel Live, que por cierto, les reportó un buen par de Emmys. Por supuesto, los chicos de la Sexta no son los únicos carteristas, como comentaba Galahan. Lo que yo digo, e intento quitarle hierro, es que eso es ser español ahora mismo en el mundo de la comedia. Copiamos porque estamos aprendiendo. Éticas difusas y malas artes a un lado.

Así funciona desde hace unos años, cuando gracias a Seinfeld alguien decidió importar el stand-up comedian y lo que trajo fue uno de sus géneros, la comedia observacional, y nos hartamos de escuchar a actores que no eran cómicos hablando de por qué las mujeres van de dos en dos al baño, de cómo responder cuando tu novia te pregunta si le queda bien el vestido, y por supuesto haciéndose la pregunta de por qué no construyen todo el avión del mismo material con el que hacen la caja negra. Pero si se fijan, la comedia observacional es ya por definición un refrito de elementos previos que no requieren un motor creativo propiamente dicho, sino más una capacidad regurgitadora –no lo desprecio, es un talento valiosísimo– que enlaza de alguna manera con la definición pedantesca que les he vomitado más arriba. España es un terreno especialmente propicio para esa hortaliza.

Por poner nombres, piensen en Pablo Motos, a quien descubrimos en El Club de la Comedia como uno de los pocos que desde el principio recitaban su propio material (o se le supone). Ahora vive de cosas como la incapacidad del españolito para pronunciar las letras de canciones (canciones, una vez más, de otra gente) o de plagiar sketches como éste un día sí y otro también. Otro ejemplo es el de Ángel Martín, un tipo más que competente que sin embargo no parece querer o poder escapar a la referencia previa: en La Noche de Fuentes empezó siendo la tercera entrega de la Trilogía Pánfila que empezó Tonino Guitián y continuó Ramón Arangüena, y ahora vive, directamente, de ser muy gracioso comentando la tele que hacen los demás. El mejor programa de humor que ha habido en años en España, Muchachada Chanante (¿La Hora Nuí?), tiene momentos de brillantez absoluta pero sin salirse de ese marco ibérico: un tercio de dichos momentos tiene que ver con una imitación y otro consiste en hablar con acento gárrulo-manchego.

Lo que les decía: eso es el Humorismo. El triufo del cómo sobre el qué; el refrito, la repetición de esquemas de éxito, los acentos, las muecas, los trompicones; la conexión con la nostalgia y el elemento generacional, que suponen puentes más directos que los trabajos arduos de creación de la Comedia: las grandes sitcoms, la técnica infalible de los monólogos de Johnny Carson, los andamiajes lingüísticos del maestro Carlin o el glorioso Who’s on first? o la maquinaria (por épocas) perfecta de Saturday Night Live. The craft, que le llaman. El Oficio, que entraña una ética profesional, un rigor, un respeto al público, y en especial al trabajo de uno mismo. Eso de lo que aquí andamos sobrados. ¿Recuerdan que en un capítulo de Studio 60 prácticamente sacaban a los abogados de la cama ante la posibilidad no comprobada de haber plagiado material ajeno por accidente? Pues eso.

Humor o Comedia. Decidan ustedes dónde colocar ambos mundos en su esquema de prioridades: son el público, así que tendrán razón. Mi opinión es que mientras los españoles seamos como somos, tendremos mucho humor y muy poca comedia.

23 de septiembre de 2008

!!!


No sé dónde oí que en las relaciones, el gran problema de los hombres es esperar que ellas no cambien nunca, y el gran problema de las mujeres es pretender que nosotros cambiemos.

He aquí una gran lección acerca de las relaciones, por gentileza de Tom Kapinos y su Californication (s02e02):

Él es quien es, mamá. Lo sabías cuando te subiste al coche con nosotros. Si te preocupa haberte equivocado, no es culpa suya. Tienes que quererle por cómo es, no por su potencial.

Dicho por una niña de 15 años. Qué serie.