9 de enero de 2010

Hesitation wounds

Artie Lange ha intentado matarse pegándose él mismo nueve puñaladas. Ya sabe, como hacen los cómicos profesionales.



Aquí tienen la noticia. Alégrense, igual un día lo consigue. O alégrense entonces, como vean.

22 de diciembre de 2009

Los Pilares de Pandora

Si James Cameron hubiera nacido en el siglo XI habría conquistado la mitad del mundo conocido y habría violado a miles de las hijas de sus adversarios como muestra de superioridad; por suerte para las niñas de Beverly Hills, ha nacido en un siglo en que la supremacía militar de su pueblo está más que consolidada y su personalidad titánica (ja!) se puede aventurar en otro tipo de paisajes.

Aun así, la Guerra y en especial su potencial destructivo, por encima de elementos como la corrupción moral, el heroísmo, el trauma generacional u otras cuestiones políticas que aborda el cine bélico, siempre ha sido uno de los elementos claves a la hora de interpretar las grandiosas visiones de este genio, que creció haciendo simulacros en el colegio en previsión de un pepino nuclear soviético y devorando ciencia-ficción escrita durante la Guerra Fría. De ahí su obsesión por la bomba atómica: hasta ahora no había una película suya en la que no explotase, hubiera explotado o estuviera a punto de explotar una. La primera, Avatar.

Viéndola tuve la sensación de que algo ha cambiado en su universo. Avatar sigue siendo ciencia-ficción pura de oliva como las anteriores (incluida Titanic, ojo), aunque por algún motivo, mientras la veía esquivando medusas arbóreas con la cabeza, yo la asocié con True Lies, que además de estar a un paso de ser la película perfecta es lo más down to earth que ha hecho Cameron en su vida, valga la expresión... ¿Avatar sería lo más up to Earth? Ahí lo dejo]. En True Lies el añorado Schwarzenegger se enfrentaba a una horda de fanáticos asesinos religiosos con toda la superioridad moral que le daba ser un metódico asesino secular, ya saben. Los enemigos eran tipos de otro color, y tan primitivos que creían en profetas y no eran capaces ni de cargar las baterías de una cámara de vídeo. En aquel tercer acto loco, Chuache llevaba a la física esa superioridad y les daba cera a los jihadistas desde lo alto, usando un avión Harrier, que entonces todavía era un poco un prodigio tecnológico de esos que le gustan tanto a Cameron.

Ya ven por dónde voy, ¿verdad? No les tengo que explicar las diferencias que hay entre filmar un bombardeo desde arriba o hacerlo desde abajo; como ejemplo de este juego de punto de vista y significado véase Pearl Harbor de mi querido Michael Bay-des. Desde el 94, año de True Lies, ha llovido mucho, sobre todo en Nueva Orleans, y también muy poco: todo está igual o peor en Oriente Medio. Cameron escribió el tratamiento de Avatar después de terminar aquella película, pero lo guardó en un cajón, ya que intentar lograr lo que él quería habría costado una cantidad absurda de dinero... absurda para un tipo que hace cine a 200 millones la pieza, háganse una idea. Desde entonces han pasado algunas cosas que han provocado cambios en la psique colectiva norteamericana: el 11 de Septiembre, un presidente alcohólico y con retraso mental, un golpe de estado encubierto (sí, ya sé lo que van a decir), una guerra en Afganistán, otra en Irak, el florecimiento de la industria del terror, tanto americana como islámica, y lo que es más grave, una Causa, la del ecologismo emergente y de emergencia, tan acuciante que logró conseguirle un Nobel a un tipo como Al Gore. En un hombre ilustrado y canadiense de nacimiento como James Cameron, todas esas cosas tocan una serie de teclas que, se podría decir, le han hecho comprender, le han hecho cambiarse de bando. No se rían: ¿cuántas veces en su vida han visto a alguien cambiar de opinión?

Avatar es una alegoría más que evidente sobre los dos temas que obsesionan al americano informado, progresista o conservador: por un lado, las guerras imperiales de su país en Oriente Medio, y por el otro, el ecologismo entendido como estrategia de supervivencia. Del ecologismo no hay mucho que decir: es considerable el mimo con el que Cameron ha creado un ecosistema tan coherente en la forma como paradisíaco en su esplendor estético. De igual forma, las mil reminiscencias a las culturas nativas de América que ha introducido en los Na’vi conectan la película con el concepto de ecologismo que tiene la cultura norteamericana más rudimentaria, que está asociado a sangre y fuego –el fuego suyo y la sangre del otro, como casi siempre– a la imagen de los indios de las plumas y las flechas. Respecto a la parte bélica, las interpretaciones también son fáciles: el coronel Quaritch (casi quarry, explotación minera) decide lanzar un ataque preventivo, que ya es una frase hecha asociada a la Guerra de Irak, sobre unos salvajes para poder extraer el precioso material que hay bajo su suelo. Hay muchas otras referencias menos de bulto pero sospechosas de referirse a la resistencia iraquí, al auge de Al Qaeda, y a la noción de que el fanatismo prospera bajo condiciones de opresión, aunque quizá les parezca hilar demasiado fino subrayar la frase sobre el bicho alado y naranja de la parte final, y no es un gran espoiler: “cuando el toruk dejó de ser necesario, se marchó”. ¿Alguien dijo Bin Laden? ¿Cuántas veces hemos oído en estos años que la invasión de Irak por parte de Estados Unidos equivalía a abrir una caja de Pandora? ¡Pandora! ¿Lo ven?

Pero dejen a un lado toda esta morralla semiológica del CCC, perdónenmela. Y perdónenle a Cameron que su guión sea rudimentario, o que la escaleta de Avatar se parezca demasiado a la de Titanic, o que antes hiciera películas sobre chicas y ahora las haga para chicas. Si usted se relaja y la ve libre de prejuicios, como un niño, quizá le parezca que Avatar es un monumento cinematográfico que provoca una emoción parecida a la que se tiene cuando uno se para bajo la fachada de la Catedral de Colonia, o de la Sagrada Familia, o de la Capilla Sixtina. Como ésas, Avatar es una obra que usa elementos estructurales sencillos y trillados para soportar una cantidad abrumadora de ornamentos que nos dan una visión del mundo y nos remueven por dentro por su belleza, y por la complejidad de su técnica. Cameron y especialmente esta película representan la traslación al cine de esa grandiosidad que por algún motivo le consentimos a algunas novelas y a la más alta arquitectura, pero en el cine sigue haciendo levantar cejas a los escépticos profesionales. Avatar está hueca y llena de significado al mismo tiempo, como lo que es: una Catedral del Cine.

14 de julio de 2009

Los cinco deditos del anglo-catetismo periodístico

El meñique, alfeñique de una agencia de prensa, fue a una rueda de ídem veraniega en la que se mencionó que el bebé, de origen marroquí, se llamaba Rayán.

El anular, un jodido ignorante que no leía libros pero tenía dos carreras y un máster, transmitió el dato sin ponerle el acento: Rayan.

El corazón, director de un programa radiofónico, sí leía libros, pero como lo más que conocía de Marruecos eran los porros y la verja, pronunció el nombre tal cual lo leyó: [ráyan]

El subnormal del índice, que en realidad eran miles y se dedicaban a cortapegar lo que oían (no escuchaban) en otros medios, dio por hecho que hay marroquíes anglófilos que se llaman Ryan y lo metió en un titular de portada.

Y el pulgar que se suponía que era el filtro pero estaba obeso de tocarse los huevos, dejó que ese titular se publicara. Era el responsable de los becarios, ¡pero como si no!


Total, era verano.

Todo el año.

20 de mayo de 2009

Osama Von Trier

Antichrist es un poco la Zona Cero de la prensa cinematográfica destacada en Cannes. Cualquiera diría que ha llegado Lars Von Trier en un avión y les ha tirado las torres gemelas a los críticos y también a los pseudo-periodistas que dicen me ha gustao/no me ha gustao y en definitiva, todos los come-de-vales y feos profesionales que se pasean por la Croisette.

Pues tengo noticias para vosotros, críticos mamahuevos: este Von Trier insoportable es una creación vuestra. Con vuestro artisteo contracultural, con tanto alabar esa soplapollez que era el Dogma’95 (por cierto, ¿alguien se acuerda de aquello?) y su aplicación incoherente por el propio Von Trier, como defensa de las esencias, del cine puro y otras entelequias sin sentido de las que habláis normalmente, le habéis dado alas, se le ha ido la olla y la fobia a volar, y ahora no vale protestar si os toca los huevos a vosotros también. Ahora tenéis que comeros sus mojones entre pan, sin rechistar y sin dejar ni una miga, ni un pedacito de hormigón de los escombros. Irse al peo ya, hombre.

6 de mayo de 2009

Jotajota

Gracias a la nueva Star Trek hemos comprendido que LOST es puro JJ Abrams. Me refiero a que, al contrario de lo que creíamos algunos, Jotajota nunca renunció al input creativo en la serie que puso en marcha y abandonó al final de la primera temporada para dirigir Misión: Imposible III. Hay otra explicación, y es que la serie al completo se urdiera en su primer año, y que ya entonces supieran de la volatilidad temporal de la isla, de la existencia de LaFleur y de las paternidades locas que se avecinaban, además de otros asuntos. Pero no lo creo. Creo más bien que Jotajota ha aprendido de su maestro Steven Spielberg que en la nueva era de los medios la clave de la autoría –y de otras variables como el éxito empresarial y el seguimiento generado– está en la transversalidad.

Transversalidad que ya no consiste sólo en vender muñequitos de Jabba el Hutt al mismo tiempo que se licencia una serie de animación y se organiza un concierto de John Williams en el Hollywood Bowl; transversalidad que tampoco reside sólo en la figura el productor ejecutivo que toca tocas las teclas al mismo tiempo creando un emporio autoral como hizo Spielberg en los ochenta. La transversalidad que ha comprendido Jotajota es la que salta a un nivel superior del lenguaje hasta crear una identidad desde la que brotan proyectos que son siempre un Mr. Spock hijo de terráquea y vulcaniano, o de película de Godzilla y vídeo de Youtube, etc., llegando a la mezcla definitiva de cine y serie que suponen LOST y el nuevo Star Trek.

No puede ser casualidad que la trayectoria de Jotajota empiece en el cine, escribiendo el guión de A propósito de Henry, siga en la televisión ideando series, y regrese al cine dirigiendo dos películas que suponen una puesta al día cinematográfica de dos series míticas de su infancia. Jotajota lleva la palabra crossover escrita en la frente. La transversalidad entendida como vías paralelas, como caminos que se entrecruzan o separan a voluntad para acercarse o alejarse de los referentes que les dieron origen.

En el nuevo Star Trek hay una paradoja temporal, un hatch en el que vive recluído un tipo que se pasa la vida delante de un ordenador, un oso polar alienígena, un monstruo parecido al de Cloverfield, una hottie entre dos hombres que se odian tanto como se respetan, un padre muerto, y un equilibrio elegantísimo entre el cutrelux científico de los setenta, a lo Dharma, y el esplendor tecnológico de los dosmiles y pico. Pero también hay un niño sin padre criado en un lugar desértico con tabernas muy chungas (Iowa o Tatooine, da un poco igual), la ILM desatada, Ben Burtt en el (apabullante) sonido, y un sinfín de huellas de Steven Spielberg que ya se veían en el ojo de Abrams en M:I-III, como por ejemplo esos juegos de primeros y segundos términos tan cantosos como eficaces (hay algún estupendo plano-baile de personajes por la sala de control de la Enterprise), o esos flares tan kaminskianos que dan tanta vida y naturalismo a los planos de FX como agotamiento provocan en el resto de secuencias. Y todo ello encaminado a un fin: reinventar la saga que hacía la competencia a aquélla. Como coger el esperma de Marty McFly y usarlo para fertilizar a la madre de Biff Tannen.

Jotajota ha usado las enseñanzas del maestro Spielberg en todas las facetas del oficio, tanto conceptuales como empresariales y lingüísticas, y ha reiniciado Star Trek con verdadero ingenio, incorporando a la narración esa transversalidad que lo identifica. Gracias a esa paradoja, Jotajota ha inventado un presente alternativo en el que Kirk y Spock son personajes diferentes con trayectorias distintas a las que conocemos, una realidad alternativa jamás sospechada en la que Star Trek le da cien vueltas a Star Wars.

7 de marzo de 2009

Fincherismos (I)

Este año ha quedado claro que David Fincher quiere su Óscar, y lo quiere ahora, y está empeñado en hacer esa película que quiere la Academia, o que la Academia cree que debe querer. Sin embargo, también hemos confirmado algo que ya sabíamos: la Academia, salvo excepciones, suele preferir la película apreciable pero intrascendente, simpática pero sin rematar, exótica en apariencia pero trillada y previsible en su esencia, a las que dentro de una década recordaremos que dio este año y que suelen competir en la gala en un segundo y hasta tercer plano. Hay mil ejemplos: todos recordamos que las obras maestras de los noventa, los Goodfellas, JFK, Drácula, Pulp Fiction, 12 Monos, Se7en, Magnolia, estuvieron nominadas muy por detrás de otras películas que por lo general no han perdurado de la misma forma, o no han perdurado en absoluto. Es el ejemplo de Brokeback Mountain, que dentro de 15 años será claro que sí aquella película de vaqueros manfloritas con Heath Ledger qué bueno que era ese chico qué pena más grande menos mal que le dieron el Óscar a tiempo, mientras que de la que ganó no se va a acordar ni Paul Haggis, porque era todas esas cosas que he dicho más arriba. De la misma manera que ahora celebramos –es un decir– el décimo aniversario de una de las mejores cosechas de los últimos tiempos, la de 1999, recordando mucho más Matrix, El Sexto Sentido y Fight Club que cualquiera de las que ganaron, si es que se acuerdan de lo que pasaba en American Beauty más allá de Kevin Spacey pajeándose en la ducha.

Y no es que El Curioso Caso de Benjamin Button sea Historia del Cine. Tiene varios handicaps serios, empezando por lo más evidente: que es un remake guionístico de una película que precisamente es una excepción a lo que digo y sí ganó el Óscar de ese año a la Mejor Película. Pero si hay algo por lo que me interesa su director –y me interesa por unos doscientos motivos – es que con cada una de sus películas logra atrapar esa magia que es el Tiempo. El tiempo absoluto, el tiempo cósmico. Ese ingrediente misterioso que hace que una obra perdure por encima de las demás, el maná que hace que la primera Matrix parezca más reciente que sus secuelas, o que Fight Club pudiera dar el pego perfectamente como un estreno de la semana que viene, y de dentro de cinco años. Fincher es el Benjamin Button de los cineastas.

Así que, en un esfuerzo por localizar ese ingrediente mágico, he hecho una lista caprichosa y enterada de los elementos que construyen el cine de David Fincher, tanto puntuales como intrínsecos a su forma de interpretar el medio, y por ende, el mundo. No se me asusten: les advierto que usaré gafapastismos como guionístico, fincheriano y gafapastismo, y echaré mano de terminologías poco ortodoxas cuando no inventadas o deliberadamente chorras, como por ejemplo la de Rafa Méndez al decir que Fincher tiene crackadas frías, crackadas calientes, crackadísimas y supercrackadas. Explorémoslas.

La panorámica de marca. Ese movimiento de cámara que llamamos panorámica es para Fincher lo que las tetas eran para Russ Meyer: un elemento vertebrador del discurso. Con ellas consigue dibujarnos un mapa que viene de perlas a la hora de tener claras las coordenadas físicas, narrativas y emocionales de la escena. También le sirven para administrar el tempo como ningún otro de sus trucos. Usando términos musicales, la panorámica fincheriana reajusta la longitud de los compases entre frase y frase de partitura, acomodando nuestra percepción a sus objetivos de forma y fondo. Monte tres planos fijos y tendrá un pase de diapositivas; monte tres paneos de este director de orquesta y tendrá un baile. A ese respecto, Pan(oram)ic Room y El Curioso Caso de Benjamin Button son un auténtico vals vienés, de los de frac y pajarita, una orgía caligráfica, una sesión de masaje para las retinas.

El Artículo 34, en Fight Club y Panic Room. Fincher es, con permiso de Robert Zemeckis, el que mejor ha entendido eso del narrador omnisciente. Su cámara es el ojo que todo lo ve: lo conoce todo, pasado, presente y futuro, sabiendo a dónde mirar en cada milésima de segundo, hasta qué milímetro de parqué va a llegar el pie del actor. De igual modo, está por encima de la realidad física y sus barreras e imperfecciones, decidiendo su nivel de tolerancia a las mismas (cámaras-hombro, transfocos, etc.), filtrando o amplificando la narración igual que la voz que resuena en su cabeza cuando usted lee una novela. La cámara fincheriana puede pasar entre dos barrotes de una barandilla o por el asa de una cafetera, atravesar paredes, y transparentar suelos, revolotear por el interior de un cubo de basura o del cerebro de Edward Norton, meterse dentro de una bombilla, darnos un primer plano de Linda Evangelista desde dentro de su jersey, miniaturizarse en un plano continuo hasta tener el tamaño de unas migas de hormigón, o cabalgar unas bolas Newton fuera de control como hace al final de Only. Fincher es a la realización de películas lo que Shaquille O’Neill es al baloncesto de acuerdo con la Constitución de Andrés Montes: el Artículo 34, que como todo el mundo sabe dice así: hago lo que quiero, como quiero, cuando quiero y porque me da la gana. Por cierto, el fotograma de arriba es de The Game.

La subjetiva de la bestia, en Alien³. Cuando en The Game hay un personaje cayendo desde lo alto de un edificio, entre planos tranquilos de resignación suicida, hay un inserto brevísimo de una subjetiva del paisano, en la que vemos sus (nuestras) piernas siguiéndolo en la caída. ¿Saben cómo se consigue ese complicado recurso visual? Se coge un muñeco, se le ata una cámara, y se tira a tomar por culo por la ventana. Hay más subjetivas bárbaras en las otras películas, pero sin duda, la reina es la que le colocó al monstruo de Alien³ una de esas películas que seguramente usted infravalora. Fincher aportó esta novedad a la saga, rompiendo con los dos o tres planos que de forma muy discutible se puedan calificar de subjetiva del bicho en las dos entregas anteriores de la saga. Una cosa es el típico plano de amenaza, rutinario hasta la muerte –ya saben: miramos a la rubia tetuda desde detrás de unos matorrales– en el que se establece que algo acecha al personaje, y otra muy distinta es una subjetiva total, con lente propia, movimiento único y en especial una ruptura de la horizontalidad que, con esos saltos de techo a pared a suelo y vuelta para arriba, cumplen una misión esencial: nos meten en el cuerpo de la bestia en un momento de la película en el que necesitamos plantear una equivalencia tácita entre la protagonista y el monstruo para que la cosa trascienda el simple body count y se convierta en lo que debe ser: un duelo cara a cara entre el león y el cristiano.

El ojo robótico, en Panic Room. He aquí otro ejemplo de la meticulosidad con la que trabaja este tipo, y del concepto de narrador omnisciente que, por definición, no debería cometer errores de encuadre o imprecisiones de movimiento. En Panic Room Fincher necesitaba un par de esos movimientos de cámara milimétricos, de los de 93 tomas (esto no es un chiste). El pulso de su inmundo operador humano no le bastaba, así que decidió mandarlo a su casa y llamó al operario del mo-co, esa máquina de Satanás que almacena en su memoria los movimientos de cámara para poder repetirlos un número indefinido de veces con total exactitud; así se consigue filmar complicados efectos visuales que requieren dar n pasadas con variaciones sobre un mismo set. Trinquen el dvd y fíjense en el plano en el que se activan los monitores de la habitación (14’29’’), o en aquella panorámica del dormitorio vacío en el que seguimos en travelling hasta un contrapicado de la bañera (13’02’’). Sepan que ahí están ustedes viendo a través del ojo de una máquina, de un cyborg que recorre de forma matemática las coordenadas introducidas por un genio maléfico, sin desajustes de pulso, cadencia o foco, en un plano en que el uso de este dispositivo denota un grado de meticulosidad digno de hacérselo mirar. Que venga Cameron y lo vea. Es lo que llamamos tirarse el mo-co.

Subliminal my ass! Cuando Fight Club se habló mucho de los insertos subliminales de Brad Pitt durante el primer acto, integrados en la trama como los fotogramas de rabos tiesos que su personaje introduce subrepticiamente en pelis Disney. Más allá del uso alegórico que tiene ese elemento en esta película concreta, a la hora de relatar la incubación de un personaje en el sentido más literal de la expresión, Fincher ha demostrado un interés en ese recurso y en sus efectos sobre el espectador con insistencia desde su primera película, en una manifestación más de su intención de sorbernos el seso por todos los orificios. En Alien³ Clemens llevaba a cabo una autopsia en el cuerpecito de la pequeña Newt ante la mirada turbada de Ripley. Durante la escena se nos muestran algunos detalles de la operación en forma de insertos brevísimos que no llegan a ser subliminales pero lo parecen mucho; En The Game, cuando Nicholas Van Orton descubre una pila de polaroids guarrillas, su contenido se nos insinúa con la misma táctica, y recuerden que, en Se7en, lo que hace que Mills dispare a John Doe es un inserto de cuatro fotogramas de un primer plano angelical de su mujer asesinada. Si no le vieron el plumero a Fincher hasta que les presentó a Tyler Durden es que no estaban prestando atención.

Sigo otro día.


1 de marzo de 2009

Piloto automático

La antesala de los Óscars, un espectáculo dantesco.
El enfant terrible del cine y su duelo interpretativo
Con el Rey Midas de Hollywood.

El Primer Mundo, segundo clasificado.
La tercera vía del gobierno es el Cuarto Poder,
Y su quintaesencia, el sexto sentido del Séptimo Arte.

La ilegalizada batasuna impone su hoja de ruta.
La lacra del terrorismo nos trae la crispación
Y la crisis de gobierno, bajo el paraguas de la ONU.

La práctica totalidad se quemaría a lo bonzo,
Se autoinmolaría, antes de una larga enfermedad.
Segar una vida que se salda con una muerte.

Violencia de género para con uno mismo: homofobia.
La tolerancia está en avanzado estado de descomposición.
Una ola de calor que da ganas de arrojarse al vacío.

Para descerrajarle dos tiros, a este amasijo de hierros.
La prensa está en avanzado estado de descomposición,
Con encefalograma plano... presuntamente.

27 de enero de 2009

30 de noviembre de 2008

Inocente!

Francamente, se me hace difícil seguir leyendo sobre el asunto de los derechos de autor y el P2P. Sabemos que quienes defendemos las redes de intercambio libre tenemos la razón y que todo está ya dicho, pero también que, en el fondo y como todas, ésta es una batalla perdida. Pero de vez en cuando llega alguien como el Pianista, da un puñetazo en la mesa, y se casca un post imprescindible que hace que uno sueñe; que sueñe con una repercusión a la altura del texto, que haga que otros autores lo reflejen y lo implementen, y lo reboten hasta hacerlo accesible no sólo para los ordenadores sino también para las mentes de los que tienen capacidad de decisión en estos asuntos y aún no han perdido la integridad a base de estrechar manos y cheques. Un post que ilusiona. Llámenme inocente.

«Además, ¿no hay un contraste sorprendente entre el alcance global de la lucha contra el P2P y la relajación con la que se combate el top manta? Todos esos ridículos anuncios que el Ministerio de Cultura paga a precio de oro intentan convencernos de que no descarguemos obras, no de que no las compremos en el top manta. ¿Por qué?

Porque la oferta del top manta reproduce las imposiciones culturales del mainstream. En el top manta sólo se venden best-sellers y blockbusters. Representa un diezmo económico, pero es una pérdida asumible, un mal menor. Sin embargo, el P2P es un verdadero desafío al sistema, porque rodea sus imposiciones, recupera títulos que las grandes empresas decidieron enterrar, permiten que el espectador/oyente configure su propio catálogo cultural, fomenta la distribución horizontal, permite una comunicación directa entre el autor y el espectador. En definitiva, revive a la bestia negra de una empresa global de distribución de contenidos: la libertad.»

No, en serio: llámenme inocente. Lo soy, y usted también. A ver si se enteran de una puta vez: Mea Culpa y Caga Leyes.

Edito al día siguiente: ELPAÍS.com publica –titulándolo con la brillantez habitual– el decálogo de falsedades que nos intenta colar el Ministerio de Cultura. Véanlo aquí.

7 de noviembre de 2008

!!!

¿Recuerdan a los Bros, ese dúo pop de mellizos gayeteros que acercaba peligrosamente las ideas preconcebidas de homosexualidad e incesto en la época en la que todo era tela vaquera, barbas de cuatro días y pendientes para hombres?


¿...?

Pues bien, he descubierto algo desconcertante:



Sí, es Luke Goss.

Qué quieren que les diga. Me acabo de enterar.

18 de octubre de 2008

!!!

Gracias a Hanasu me entero de que Maureen Dowd ha publicado una columna en el NY Times en la que advierte, bajo el título Somos Roma? de la caída del Imperio Americano. Y lo hace de la mejor manera posible: en latín y de cachondeo.

El texto incluye a los protagonistas del foro público Ioannes McCainus (el mavericus), Sara Palina (a la que retrata con el apelativo cariñoso de barracuda borealis), Baracum Obamam (Mortem! Amator terroris! Socialiste!), y por el camino da con expresiones descacharrantes como rabble-rouseribus, Primus Dudus, o Depressione Magna II.0.

Omnes de Georgio Busio Secundo colossale goofballo. “V” (because there’s no W. in Latin) etiam duxit per disastrum ad gymnasium.

Es con mucha ventaja el LOL del día. Léanlo aquí: Are We Rome?

15 de octubre de 2008

Y de pronto... ¡el Dr. Repronto!

Ya llegó la segunda tanda de episodios de esa crackada absoluta llamada Reflexiones de Repronto. Si, existe un (video)blog cuyo título incluye la palabra reflexiones y que sin embargo no tiene nada que ver con los comentarios inanes de un adolescente depresivo mirando por una ventana lluviosa.

Y si les sorprende que un videoblog sea tan divertido como inteligente es que no han entendido que entre la pretensión de divertir a un público y la de ir al fondo de las cosas no existe la más mínima diferencia.


8 de octubre de 2008

Crisis

Permítanme descontextualizar un titular ya descontextualizado. Dice José Maria Hidalgo, secretario general de CCOO:

El trabajo es la mayor garantía de libertad y riqueza.

Bien, yo diria, aunque me pese, que tiene razón. Aunque le pediría al Sr. Hidalgo que tenga los santos huevos de decir lo que realmente significa esa frase:

El dinero es la mayor garantía de libertad y riqueza.

Bienvenidos al final de la Izquierda.

Se habla de que ha llegado el momento del colapso del Capitalismo, pero no se regodeen: ustedes morirán con él. Y no será ahora, sino dentro de muchos años, cuando hayamos superado este nuevo aviso de que el Sistema no sirve ni para cumplir con la apariencia de que funciona, que es para lo que ha valido hasta ahora. Y petará por algún otro motivo estúpido como unas hipotecas truchas o alguien gritando fuego! en las páginas de un periódico, cuando la propia derecha liberal dé la alarma para corregir el rumbo de la pasta con un golpe de volante, pero sin quitar el pie del acelerador.

Eso, con toda seguridad, tendrá lugar después de un nuevo puñado de años de emputecimiento de las instituciones mundiales, de guerras inmorales y de presidentes del mundo cubiertos de sangre y llenos de ponzoña. Años en los que la izquierda seguirá haciendo carantoñas a la cultura, mirando que haya igual número de estúpidos que de estúpidas y muy cómoda en su superioridad moral. Pero con la alarma rota. Y la ética afónica.

En otras palabras, el Sistema se curará ahora, con bail-outs y liberal-nacionalizaciones y permanecerá fingiendo que todo está bajo control mientras la derecha hijaputa hunde la cara en el barro a la mitad del planeta y la izquierda usa sus mismos argumentos engalanados con la parafernalia dialéctica de la vieja guardia. La derecha dice dinero y la izquierda dice trabajo, pero sus realidades políticas y sociales han ido convergiendo hasta el punto de estar hablando de lo mismo. Esta crisis no representa otra cosa que la gran victoria del Capitalismo.

27 de septiembre de 2008

Humor vs. Comedia (2ª parte)

Previously on !!! ponía el ejemplo de la música española de los 70 para explicar la necesidad que tienen los creativos de reproducir sus influencias al tiempo que se ven reproducidos en ellas, especialmente cuando el medio artístico en el que se mueven es nuevo y/o está poco explorado. Perogrullada: este fenómeno tiene que ver con lo más profundo de nuestra forma de ser y, como cualquier otra de nuestras cualidades, se ve amplificado o reducido por el medio en el que nos desenvolvemos. Si aplican eso a nuestras fronteras... en fin, ya me siguen. Permítanme que abrase con lo de la música un momento. Después de los años de renovar viendo lo que hacían fuera para ir contra lo que entonces era el Sistema, la música en España llegó a lo que se llamó Movida Madrileña, que en mi opinión es como el Ferrán Adriá que de tanto transgredir acaba en la coprofagia.

¿Quién soy yo y a dónde voy?
(¿Quién es él y a dónde va?)
¿De dónde vengo y qué planes tengo?
(¿De dónde viene y qué planes tiene?)
Gran ganga, gran ganga, soy de Teherán
(Gran ganga, gran ganga, él es de Teherán)
¡Calamares por aquí, boquerones por allá!
Aaaaaaah...


Me dirán que eso es comedia, no música. Me dirán que Almodóvar y McNamara eran algún tipo de sátira, y les daré la razón. Se supone que Sé lo que hicisteis también es una sátira, pero mi sensación es que termina convertido en aquello que parodia. Como Torrente. Como el Chiki-Chiki. No los desprecio, al contrario: admiro la maquinaria empresarial que llevan detrás. Querer ganar pasta con uno de esos fenómenos cómico-mediáticos está muy bien, pero tiene el problema de terminar quemando el producto. Del mismo modo que queman a los guionistas de comedia en España, como Santiago Segura quemó las intenciones de su personaje y como el Chiki-Chiki pudiera haber quemado, Eurovisión no lo quiera, al actor que está detrás. ¿Por qué? Porque no son comedia, sino humorismo. ¿Y qué es la comedia? La expresión de pánico que hay en mi cara al teclear esto.

Es casi imposible –y bastante inútil– dar una definición de comedia. Es un mecanismo tan primitivo como el fuego, tan simple y tan complejo a la vez, que podemos divagar acerca de sus características pero en realidad sólo interesa una cosa: si quema o no. Voy a dar una definición, de las miles posibles, y les pido disculpas de antemano por el cumshot intelectual que se les aproxima. Recuerden que hablamos en concreto de la comedia oral, discursiva, la que se ve en la mayoría de los programas de humor y en el stand-up. Atención:

La comedia es el discurso que racionaliza la realidad, la descompone en capas de prioridad, y la devuelve al espectador alterando el orden de las mismas. Aquí tiene el papel higiénico.

El humor, por contra, tiene más que ver con el cómo que con el qué. Humor es un acento, una jeta rara, un chiste de Jaimito. Cuando uno sobreexplota y sobreexpone el humor, sigue funcionando, y si se agota será por hastío del respetable o por suicidio del autor. En cambio, si se hace lo mismo con la comedia, deja de ser graciosa en el acto. Por muy genio que sea Woody Allen, si le ponen a escribir un programa de comedia de dos horas diarias al cabo de los primeros 20 minutos de programa las únicas risas que oirán serán las de su psicoanalista viéndose venir la factura del mes siguiente. Si cogen ustedes a Chiquito de la Calzada, uno de los más grandes cracks del humorismo –fíjense que no he dicho cracks de la comedia–, y le ponen a contar chistes a su manera durante dos horas todos los días, acabará usted hastiado y embrutecido, pero Chiquito será consistente en su trabajo. Tan sólo necesitará unos litros de Redbull.

Ésa es la verdadera tonterida española. Aquí tenemos un sentido del humor envidiable, nos reímos hasta de nuestra puta madre. Tenemos humoristas para aburrir, literalmente, pero cómicos en el sentido estricto ha habido muy pocos. Y los que ha habido han tenido un pie en uno de los géneros históricos sin llegar a lograr una autonomía creativa total: Miguel Gila en su costumbrismo, Tip y Coll en el surrealismo o Martes y Trece con su herencia del entremés, siendo muy grandes los cinco, son buenos ejemplos de esto. Gila en concreto es para mí lo más cercano que hemos tenido al stand-up comedian americano, al menos en las ocasiones en las que nos ha salido natural, sin copiarlo.

De ahí viene esto, ¿recuerdan? El copypaste lastimoso de SLQH a un clásico instantáneo de Sarah Silverman y el equipo de Jimmy Kimmel Live, que por cierto, les reportó un buen par de Emmys. Por supuesto, los chicos de la Sexta no son los únicos carteristas, como comentaba Galahan. Lo que yo digo, e intento quitarle hierro, es que eso es ser español ahora mismo en el mundo de la comedia. Copiamos porque estamos aprendiendo. Éticas difusas y malas artes a un lado.

Así funciona desde hace unos años, cuando gracias a Seinfeld alguien decidió importar el stand-up comedian y lo que trajo fue uno de sus géneros, la comedia observacional, y nos hartamos de escuchar a actores que no eran cómicos hablando de por qué las mujeres van de dos en dos al baño, de cómo responder cuando tu novia te pregunta si le queda bien el vestido, y por supuesto haciéndose la pregunta de por qué no construyen todo el avión del mismo material con el que hacen la caja negra. Pero si se fijan, la comedia observacional es ya por definición un refrito de elementos previos que no requieren un motor creativo propiamente dicho, sino más una capacidad regurgitadora –no lo desprecio, es un talento valiosísimo– que enlaza de alguna manera con la definición pedantesca que les he vomitado más arriba. España es un terreno especialmente propicio para esa hortaliza.

Por poner nombres, piensen en Pablo Motos, a quien descubrimos en El Club de la Comedia como uno de los pocos que desde el principio recitaban su propio material (o se le supone). Ahora vive de cosas como la incapacidad del españolito para pronunciar las letras de canciones (canciones, una vez más, de otra gente) o de plagiar sketches como éste un día sí y otro también. Otro ejemplo es el de Ángel Martín, un tipo más que competente que sin embargo no parece querer o poder escapar a la referencia previa: en La Noche de Fuentes empezó siendo la tercera entrega de la Trilogía Pánfila que empezó Tonino Guitián y continuó Ramón Arangüena, y ahora vive, directamente, de ser muy gracioso comentando la tele que hacen los demás. El mejor programa de humor que ha habido en años en España, Muchachada Chanante (¿La Hora Nuí?), tiene momentos de brillantez absoluta pero sin salirse de ese marco ibérico: un tercio de dichos momentos tiene que ver con una imitación y otro consiste en hablar con acento gárrulo-manchego.

Lo que les decía: eso es el Humorismo. El triufo del cómo sobre el qué; el refrito, la repetición de esquemas de éxito, los acentos, las muecas, los trompicones; la conexión con la nostalgia y el elemento generacional, que suponen puentes más directos que los trabajos arduos de creación de la Comedia: las grandes sitcoms, la técnica infalible de los monólogos de Johnny Carson, los andamiajes lingüísticos del maestro Carlin o el glorioso Who’s on first? o la maquinaria (por épocas) perfecta de Saturday Night Live. The craft, que le llaman. El Oficio, que entraña una ética profesional, un rigor, un respeto al público, y en especial al trabajo de uno mismo. Eso de lo que aquí andamos sobrados. ¿Recuerdan que en un capítulo de Studio 60 prácticamente sacaban a los abogados de la cama ante la posibilidad no comprobada de haber plagiado material ajeno por accidente? Pues eso.

Humor o Comedia. Decidan ustedes dónde colocar ambos mundos en su esquema de prioridades: son el público, así que tendrán razón. Mi opinión es que mientras los españoles seamos como somos, tendremos mucho humor y muy poca comedia.

23 de septiembre de 2008

!!!


No sé dónde oí que en las relaciones, el gran problema de los hombres es esperar que ellas no cambien nunca, y el gran problema de las mujeres es pretender que nosotros cambiemos.

He aquí una gran lección acerca de las relaciones, por gentileza de Tom Kapinos y su Californication (s02e02):

Él es quien es, mamá. Lo sabías cuando te subiste al coche con nosotros. Si te preocupa haberte equivocado, no es culpa suya. Tienes que quererle por cómo es, no por su potencial.

Dicho por una niña de 15 años. Qué serie.

18 de septiembre de 2008

Almíbar para las orejas

Pasar unos días en mi Pucela natal en época de fiestas me permite desconectar de la capital y descansar de las vacaciones de verano; de paso, me cebo cual gorrino bellotero y voy pensando, de bar en bar, día sí día también, en ir pidiendo hora para un transplante de hígado.

Una de las cosas que suelo hacer allí, en los breves descansos entre comida y comida, es atiborrarme a vídeos musicales en la VH1, donde redescubro one hit wonders como este baladón que todos recordarán, canción arrolladora y al mismo tiempo cursi hasta la diabetes. Y como veo a muchos amigos y conocidos sufrir de esta especie de astenia otoñal que le coge a uno la garganta cuando vuelve a su terruño y se encuentra de morros con los viejos tiempos, pues les pongo unas cuantas canciones, por llamarlas de algún modo, para ahondar en la herida y ver si consigo llevarles al suicidio.

Son aquellas canciones de las que no conozco cosa más cursi y pamplinítica. Vaya por delante que ni me gustan, ni las escucho, igual que usted no ve realitis y siempre se duerme con los documentales de La2, sea de día o de noche. Las cosas claras.

Perdona mi forma de mirarte
No hay nada con lo que compararte
Mirarte me deja sin fuerzas
No quedan palabras que decir

Bien, la calidad por delante. Franki Vallie and The Four Seasons tienen almibareces muy serias. Siempre se ha dicho que tenían tejemanejes con la mafia, así que resulta incomprensible que al entrar la segunda estrofa no estuvieran ya en el fondo del Hudson con unos zapatos de hormigón. To Make My Father Proud tiene tela, y My Eyes Adored You podría matar a su mascota de una subida de azúcar. Pero no hay nada, ni siquiera sus primeros éxitos con coros a-la-castrati, que haya superado el toque festivo, saltarín y happy-happy de Can’t Take My Eyes Off Of You (wtf?). Es tan bonita que me da ganas de sacarme un ojo, pincharlo en un palillo y echármelo en una copa de martini.



Si las baladas de Michael Jackson sonaran en el hilo musical de una granja de terneros, se podría hacer mermelada con su carne. Y sé que a estas alturas todo lo que tenga que ver con este hombre (?) suena a cachondeo, pero si siempre he dicho que alguien debería haberle pegado un tiro como a John Lennon es por una razón: que pudiéramos haberlo conservado en la memoria como el compositor genial que fue, y no como el presidente honorífico del Club de Imitadores de Skeleton.

Tu boca es tan dulce
Mucha gente me malinterpreta
Eso es porque no me conocen en absoluto
Yo sólo quiero tocarte...

I Just Can’t Stop Loving You, si no se la imaginan dedicada a un niño de ocho años, es jodidamente hermosa, tanto que me hace querer besar a Jacko con lengua. La pueden escuchar en este tubo, aunque les advierto que contiene imágenes espeluznantes, como Jacko semidesnudo con alitas de ángel o Jacko en actitud tontorrona con algunas mujeres.

Mi cuerpo es casi tuyo
Tu cuerpo es casi yo
Dos islas que se buscan
Entre la niebla de las dos

Escuchar Si tú eres mi hombre, de Ángela Carrasco, es haberle perdido el miedo al dolor. Y a la gramática española. Sin embargo tiene ese rollito baladón ochentero que, qué quieren que les diga, me recuerda más a las bso’s de las grandes pelis-balada de los ochenta, los Dirty Dancing, Oficial y Caballero y compañía, que a la genuina sensibilidad ibérica. Ustedes dirán si eso es bueno o malo. A mí me da ganas de ser raptado por jihadistas.

Necesito un poco de amor como nunca antes
Te quiero hacer el amor, baby
Me diste un poquito de amor, y he vuelto a por más

Las Spice Girls son fostiables a muchos niveles diferentes, pero 2 Become 1 es una de esas cursiladas que pasarán a los Anales de la Música, si por ello entendemos que serán utilizadas siempre que Elton John se haga desatascar el orto en un camerino de Las Vegas. Esta canción es una golosina, un algodón de azúcar con una producción lujosa y el inextricable encanto de una adolescencia feliz; es estar encerrada en un ropero lleno de peluches de colores, hablando por teléfono durante horas con el chico más guapo de la clase.



Vean el vídeo, está chulo, aunque deberían ejecutar al que trackeó los cromas. Cada vez que sale la rubia pepona noto un fuerte dolor en los dientes, como cuando uno muerde un gofre chungo. Y es entonces cuando quiero ir al dentista y que me cape por accidente.

The Housemartins era un grupo cuyo frontman no sabía si era más beato que comunista, o al revés. Con semejante desconcierto no es difícil comprender que quisieran versionar el Caravan of Love de los Isley Brothers, que era lo más homosexual de que es capaz una banda de afroamericanos, amplificado por el estilo gayetero-engominado de los año(rado)s ochenta. Incluso sus propios fans les mandaron a tomar por el saco, en toda lógica, porque este tema no sólo es un manchurrón blanco en tu solapa, sino que rezuma rancitud de boy scout de 32 años por todos los poros.



El vídeo es inenarrable. Ven a mi carromato obrero, Jesús, y hazme un hombre. Es la plegaria de alguien a quien tocaron más de lo debido en una sacristía. Me hace desear ahogarme en la fosa séptica de un campamento de Nuevas Generaciones del PP.

Vive en mi casa, seré tu refugio
Puedes pagarme con miles de besos
(...)
No tengo mucho equipaje que echarte a los pies
Pero dulces besos tengo para regalar
Allí estaré, y te cubriré.

¡De besos! No hablan de ganadería, malditos degenerados. Rent es un musical maravilloso, pero no deja de ser rock blandito tirando a pop, de modo que no podía evitar caer en algún charco de almíbar, y en Broadway hay unos cuantos. El tema I'll Cover You es uno de ellos. En todo caso, se lo perdonamos a Jonathan Larson, que en paz descanse, en su ataúd lleno de purpurina. Su fugaz pero asombrosa contribución a la gama alta del musical me hace lamentar los tiempos en los que había un gang bang todos los jueves por la noche y uno podía pasarse el resto de la vida preguntándose por qué orificio le entró el sida. Buenos tiempos.

Continuará un día de estos. Si contribuyen con títulos en los comentarios me torturarán, pero serán bien recibidos y puede que los meta en la segunda parte con una inyección de insulina.

2 de septiembre de 2008

Ha muerto Don LaFontaine

El cómico Pablo Francisco tiene un bit muy conocido en el que imita la voz de los trailers made in Hollywood. Sin ponerle nombre, está hablando de Don LaFontaine, que murió ayer a los 68 años, convertido en una institución y dejando atrás un buen carro de horas de cabina y un vacío importante en esa experiencia que es ir al cine en EEUU.



Este tío representa eso de lo que hablamos todo el día en el audiovisual, eso que alimenta tópicos de todos los tamaños, colores y sabores. En Don LaFontaine está resumido ese nosequé que pone un mundo de distancia entre Hollywood y el resto del planeta.

Esa voz era una marca, era una denominación de origen. Esa voz era un mundo.

1 de septiembre de 2008

Reivindicando "Urgencias": los 10 mejores capítulos.

Me llama la atención que en los blogs, foros, cenas y demás tertulias en que machacamos una y otra vez con esta época dorada de las series USA nunca se mencione Urgencias. Parece ocupar algún tipo de segundo plano cualitativo, por detrás de los brillos de otras que han venido después y que han consolidado el fenómeno televisivo que surgió de la biopsia industrial y artística, a puerta cerrada, a las grandes series-cine desde los 70 hasta principios de los 90.

Y es que ésta es la primera de las series que rompieron los esquemas y encontraron una fórmula de éxito meets calidad lo suficientemente holgada como para permitirles todo tipo de filigranas una vez estuvieron asentadas y a salvo de la cancelación. Salió de la alargada sombra de Steven Spielberg, que por aquel entonces tenía una humedad muy grande por Michael Crichton, que contaba en un supuesto guión de telefilm sus experiencias como estudiante de medicina y sus prácticas hospitalarias. Los execs de la NBC no eran los de ahora: ellos dieron luz verde a Frasier y Friends en años consecutivos, e hicieron transformar aquel guión en el piloto de una serie mágica que hay que reivindicar por todos los medios.

Pinche para ampliar y encuentre la coña.

Así que allá va, mi primer top 10, que ya se sabe que si no se postea uno de vez en cuando esto ni es un blog ni es nada. Toménselo como una guía para entrar en esta serie en diez cómodos plazos, descubriendo primero unas cuantas de sus genialidades, y luego todas las demás. Allá va.

10. s14e07. Blackout

Éste es un capítulo fascinante por dos motivos. El primero es que le hace a uno preguntarse cómo carajo se puede mantener el listón tan alto después de catorce temporadas explotando hasta el último recoveco de un formato. El segundo tiene que ver con el estudio de los personajes, y con cómo retener un momento durante ocho temporadas. Blackout, el apagón, es el punto en que toca fondo un personaje, el de Abby Lockhart, ex-enfermera y doctora alcohólica en perpetuo estado de fuga emocional. Hay arcos dramáticos que se cuecen a fuego lento, y éste es uno de ellos. Este capítulo-catarsis –lo serán muchos en esta lista– empieza con Abby huyendo, con su bebé en brazos, en mitad de un apagón catastrófico que es la metáfora perfecta del colapso definitivo de un personaje en su última temporada en la serie, y hacen falta muchas tablas para contarlo encadenando casi una estructura de whodunit (o de shedunwhat?!), cocinada durante ocho años ante nuestros ojos, que consigue que el fundido a negro final sea el verdadero clímax del capítulo. Ahí es nada.

9. s05e16. Middle Of Nowhere

Rara vez se analizan las series desde el más puro pragmatismo de producción, que las más veces es lo que realmente da forma al producto final. Cuando uno le debe una semana de vacaciones a su equipo puede hacer dos cosas: cerrar la serie y esperar sentado al borde de la silla que el mundo no se desmorone en ese rato, o coger a un actor y al equipo indispensable y salir a rodar en exteriores. En Urgencias esto se suele hacer una vez por temporada, y he escogido este capítulo en concreto porque es el más lúdico de todos. No esta metido con calzador ni mucho menos, pero mientras en otras temporadas se usa el hueco para relatar trabajosas transiciones vitales, como un viaje para esparcir las cenizas de un ser querido o la búsqueda angustiada de un hijo desaparecido, en este caso decidieron tirar de personaje estático, puro y duro, y hacer un capítulo que podría resultar perfectamente en un spin-off más que razonable... si no existiera Doctor en Alaska.

Aquí, el Dr. Benton se enfrenta a su contradicción interna de trepa pobre puteado por el color de su piel convertido en cirujano snob y elitista, en un pueblo de mierda llamado LaVerne, Mississipi, en el que tiene que pringar si quiere sacarse un sobresueldo con el que pagar un costoso tratamiento para su hijo. Ponga un elitista negro en el sur y tendrá diversión garantizada.

8. s03e04. Last Call

Dentro de esta lista, éste es uno de los episodios que mejor condensa la tónica general de Urgencias: el costumbrismo heroico, las anécdotas reales interpretadas por el equipo de guionistas-médicos –unos cuantos lo son– y la epopeya de largo recorrido de los protagonistas, que viven, como todos nosotros, revoluciones puntuales y moderados cataclismos vitales.

Hasta este punto sabíamos que el Dr. Ross era un fiestero y un jugón. Aquí llega el momento en que se le cae el pelo y tiene que llevar a la práctica esa máxima inexcusable de Pulp Fiction que dice cuando yo lleve una zorra moribunda a tu casa, seré yo quien le ponga la inyección. Si les apetece pueden ver el arranque aquí, fijándose en lo apropiado de la realización, en esos grandes angulares a punto de macro. Cuando lleguen al 3.45 será suficiente: ya se sentirán tan jodidos como el personaje.



7. s03e14. Whose Appy Now?

Los juegos de palabras en los títulos son frecuentes: el qué apendectomía toca ahora / quién ríe ahora se refiere al día en que el Dr. Benton, tutor de residentes, puteador de novatos y responsable incluso de algún que otro suicidio, se coge una apendicitis de órdago y tiene que ser operado de urgencia por el Dr. Carter, su eterno aprendiz, a quien vimos forjar su carácter de forma maravillosa durante once temporadas.

El otro interés de este capítulo radica en que, casi en un cachondeo metalingüístico parecido a una burla al propio personaje, supone una pausa manifiestamente cómica en una temporada bastante dramática. Además, la artesanía de este guión es capaz de entrelazar en el mismo episodio varias tramas de comedia con una más seria que un infarto, y salir airoso y con nota.

6. s12e13. Body & Soul

Éste es de esos capítulos que al terminar le hacen a uno suspirar de emoción mientras murmura serán cabrones, lo han vuelto a hacer. James Woods estuvo a punto de ganar un Emmy por este capítulo, en el que interpreta a un profesor universitario que ingresa en el hospital para pasar los últimos momentos de una esclerosis lateral amiotrófica que arrastra desde hace años ante los ojos de muchas hornadas de estudiantes. Su proceso degenerativo se nos cuenta en flashbacks de adelante a atrás, para terminar con una revelación que le da sentido a todo, atando el capítulo con una habilidad casi poética. Otra virguería de episodio que puede servir para que usted descubra una serie.


5. s06e14. All In The Family

Para quienes somos fans de Urgencias, David Krumholtz, el protagonista de Numb3rs, siempre estará grabado a fuego en nuestras mentes como Paul Sobriki, el esquizofrénico que acuchillaba al Dr. Carter y a la médico en prácticas Lucy Knight en uno de los cliffhangers más desoladores que se recuerdan. El siguiente es un capítulo agónico en el que todo el personal médico se enfrenta con la fragilidad de la vida de los pacientes... cuando los pacientes son ellos.

Miren el arranque, que termina cuando entra la cabecera, y piensen que esto es jugar con el público. He aquí cómo (mal)tratar a unos cuantos millones de espectadores cuando saben que detrás de una puerta, en un box oscuro y abandonado, están dos de los protagonistas perdiendo la vida gota a gota sin que nadie lo sepa. Observen la llegada tortuosa de la Dra. Weaver desde lejísimos, con esa puerta desangelada en primer término, o el hallazgo del plano general de la habitación desde fuera, con el angelote enfermo como un adorno molesto en un pastel de San Valentín.



El resto del capítulo es un chute de adrenalina de 40 minutos puntuado por dolorosas descargas de desfibrilador. Un capítulo que no desmerece a la tensión y el mareo frenético de la mejor película de acción, con la diferencia de que aquí asistimos a los destinos de personajes en cuyo desarrollo los creadores han invertido años de su tiempo, y del nuestro. No tiene precio el Efecto Richard Fish; recuerdan, el abogado sieso, cínico e imperturbable de Ally McBeal, cuyo abatimiento tras la muerte de Billy resultaba mucho más dramático que el de cualquier otro personaje. Pues bien, si no son fans, en este capítulo conocerán al mítico Dr. Romano, el precursor de House –a quien da más vueltas que la hélice de un helicóptero–. Su sorpresiva involucración emocional en lo que ocurre en este capítulo es más desarmante que la de cualquier otro, y supone una nueva lección de lo que se puede conseguir reteniendo la espita de la olla a presión durante un periodo mucho más largo de lo que cualquier guionista está dispuesto a soportar de antemano.

4. s08e21. On The Beach

Soy consciente de que si ven este capítulo sin haber pasado por las ocho temporadas anteriores es posible que les deje igual que estaban. Quizá no, ya me dirán. Sin embargo creo que no se puede llegar mucho más lejos en cuanto conexión emocional con el espectador. Este capítulo, en el que se cuentan los últimos días de vida del que hasta entonces fue el protagonista de la serie, es una verdadera joya en ese sentido, porque consiste en un relato de relevo generacional –que se reprodujo a muchos niveles en la serie– encarnado por la necesidad de un padre de llegar a despertar la empatía de su hija adolescente mientras ata cabos y se prepara para abandonar este mundo con tranquilidad y resignación. Por el camino, momentos de una belleza sorprendente en este medio, y la noción como espectador, a medida que el capítulo avanza, de que se nos están llevando por delante sin remedio. Con sobriedad, sin aspavientos, la madurez en el arte de la televisión hecha capítulo: a los compases de Israel Kamakawiwo'ole, ningún aficionado a Urgencias se despidió del Dr. Greene sin lágrimas en los ojos.

3. s04e01. Ambush

Nada mejor para celebrar la renovación después de las tres primeras temporadas que un capítulo en directo. Sí, en directo. Grabado a la vieja usanza, como una obra de teatro, saltando entre varias unidades en distintas partes del set, con los miembros del equipo vestidos de personal sanitario por si entraban en cámara, y parando a la señal de corte publicitario. Y recuerden que en lo relativo a la televisión, Estados Unidos tiene dos franjas horarias, una para cada costa. Así que un capítulo en directo ha de hacerse... ¡dos veces!

Para semejante do de pecho –recuerden: el prime time no es ninguna tontería– llamaron al reputado director Thomas Schlamme, que años después sería responsable de ese monumento audiovisual que es el piloto de Studio 60, y se inventaron una excusa que les permitía el margen de maniobra óptimo: un equipo de televisión pasa un día en la planta de urgencias grabando un reportaje en plan reality de lo que allí sucede.

Y hubo gran alborozo.

La cosa fue como la seda. George Clooney quiso repetir la experiencia en Fail Safe, acompañado de nuevo por Noah Wyle, y Urgencias se consolidó como lo que era: una puta obra maestra.

2. s10e02. The Lost

Un día suena el teléfono en Urgencias. Lo coge la chica nueva y recibe la noticia de que el Dr. Kovac, de voluntariado en el Congo después de cinco temporadas en el show, ha fallecido. The Lost es la crónica de dos viajes. Por un lado, Carter recorre el país en jeep siguiendo los pasos del desaparecido para poder repatriar sus restos y enterrar las rencillas en su mala conciencia. Por otro lado, asistimos al viaje de Kovac, a cargo de un hospital de campaña y enfermo de malaria, huyendo de los horrores de la guerra con un puñado de refugiados en los 19 días anteriores a la noticia de su muerte.

Hay dramas que suelen quedarse fuera de los intereses del prime time americano. El de las guerras en África es uno de ellos, pero es la clase de cosa que uno se puede permitir si uno tiene una serie casi intocable –en aquel momento– y cuando la necesidad creativa de ir más lejos se impone a la comodidad de un formato dominado. En este capítulo no hay nada de lo que conforma la identidad de Urgencias como serie. Y sin embargo, no hay un capítulo más acojonante y más Urgencias que éste. Su pulso narrativo está a la altura de los mejores momentos de 24 o Lost, con el mérito de ser un terreno, el del melodrama, que se presta menos a ello. Si no lo he puesto en primer lugar es precisamente porque se sale de los esquemas que definen la serie, pero no es un mal capítulo para entrar en ella por la puerta grande. Masterfuckingpiece.

1.s09e21. When Night Meets Day

Cuando uno es un genio como estos tíos, hace cosas geniales cuando le da la gana y no en otro momento. Seguro que ésta era una idea que les rondaba la cabeza desde hacía tiempo, pero decidieron reservarla para un capítulo especial: el número 200. El día de un eclipse total, cuando la noche se junta con el día, las Urgencias se llenan de tarados que advierten del fin del mundo y otros ejemplares de fauna sociópata. Es el momento que la serie escoge para contarnos en paralelo los dos turnos de una jornada: el de día y el de noche. Los médicos van rotando, pero muchos de los pacientes permanecen, siendo tratados o haciendo horas en la sala de espera.

El guión de este capítulo, firmado y dirigido por Jack Orman, es todo lo alto que se puede llegar en televisión, uno de los momentos gloriosos de las series de las que hablamos sin parar de blog en blog. Tiene el elemento inusual de casi todos los capítulos que menciono en esta lista, pero dentro de la más pura esencia de lo que es esta serie, luciendo al mismo tiempo una calidad técnica y narrativa impresionantes y una capacidad evocadora que muy pocos han conseguido sacarle a ese electrodoméstico que tiene usted en el salón de su casa.

Es la mejor puerta que se me ocurre para que, si es usted de los que no pillaron Urgencias a tiempo, le eche un vistazo. Si viene de admirar las otras seriazas de la nueva ola, debería poder detenerse en ésta, que fue la primera. Este 25 de septiembre empieza su temporada final, la decimoquinta. Están a tiempo de engancharse y ser testigos de un series finale histórico: el de la que inauguró la Nueva Era de las series.

20 de julio de 2008

!!!

Que cunda el pánico, ¡que cunda! Lo dice ELPAÍS.com: la crisis empuja a muchas mujeres a volver a un oficio copado por extranjeras. Váyase haciendo a la idea: su madre tendrá que hacer la calle para pagarle a usted el ADSL. La crisis ha llegado, y vamos a morir todos. Pero la Crisis, con mayúscula. ¿Recuerda la de 1993, cuando usted tuvo que matar a un hombre por 2.000 pesetas, cuando comíamos las lentejas a oscuras para no ver los chinches, cuando el tabaco llegaba de estraperlo por el puerto de Valencia? Pues ésta es peor. Lo dicen todos los medios, ¿o no se entera? El armageddon ha llegado, y a usted se le acabó eso de llevar zapatos con suela. Y si no quiere pasar hambre, aprenda a guisar gato. Con esta prensa, le va a saber a liebre.

10 de julio de 2008

La web de la SER es una puta mierda

He sufrido en mis carnes el fango operativo del maremágnum de empresas del Grupo PRISA, pero no crean que les guardo rencor. Les diré que soy oyente cérrimo de la SER desde chiquito, porque ya saben que esto de las radios es como el equipo de fútbol o la adscripción política: se hereda como el mueble del despacho. No obstante creo que hacen una radio cojonuda, la más conservadora (!) con mucha diferencia, pero la más potente al fin y al cabo.

Eso no quita para que no me dé vergüenza ajena cada vez que abro su web e intento echar una oreja a lo que han emitido el día anterior. Ahí es cuando la SER deja de ser, se desmonta como un cacharro de mercadillo. Eso es lo que es la web de la SER: un trasto, un apéndice atrofiado que a la empresa parece importarle un cojón... mío. Me pondré más borde: hay alguien en la web de la SER que no está haciendo su trabajo, y tiene a su cargo media docena de mantas zamoranas que no saben hacer la o con un canuto o están tan mal pagados que han decidido boicotear la web desde dentro. Por ejemplo, un audio del estupendo programa de Toni Garrido en Radio Nacional de España (denle al recuadrito de la izquierda):



y ahora compárenlo con esta puta mierda:


Explíquenme la calidad de ese sonido, porque yo no la entiendo. Háganme comprender por qué la SER es capaz de colgar esta chusta inmunda, a decenas de años de desarrollo técnico de RNE, de una radio que está a cargo de funcionarios.

La calidad de los audios de CADENASER.com es lamentable, lo han visto: es común que suban esta morralla inaudible. Las radios civilizadas suben los audios completos de sus programas, como es natural, mientras que en la web de la SER suelen comenzar en mitad de un anuncio o terminar en plena frase de uno de los invitados del segmento; los programas están siempre incompletos, y las partes disponibles –no hay explicación de por qué unas se suben y otras no– se exponen troceados en segmentos de índole incomprensible. He roto a escribir esto al intentar oír la edición de anoche de Hora 25: éste de aquí es el volumen al que la han colgado. Los ácaros de mi sofá hacen más ruido.

El podcast es parecido. Todos los audios empiezan con un tipo de voz muy poco radiofónica diciendo: a continuación escucharás una grabación del programa X, que te has descargado en el pózcast (sic) de cadenaser, puntocom (lo que es información útil, digo yo), a lo que sigue un anuncio específico para ese mp3, de cualquier producto, porque la SER no gana suficiente dinero, como todo el mundo sabe, y tienen que amortizar hasta el papel higiénico. Los cortes están tan fragmentados que intentar encontrar uno en la lista acaba siendo una tarea irritante; cuando ha habido fútbol es corriente tener que saltar por entre una docena de cortes de medio minuto del Carrusel Deportivo, en los que se cantan, uno por uno, los goles de la jornada anterior. En resumen: buscar algo en el podcast de la SER es como perseguir una mariposa por una pradera llena de boñigas.

Edito dos días después: esto debe de ser una broma. El Hora 25 de anoche (día 11) en la web consta de tres cortes; el primero empieza mucho antes del segmento correcto, que consiste en un paisano hablando del 11-M (sí, lo sé) durante 9 minutos, hasta que la emisión se corta dando paso a 12 minutos de silencio. Los audios de la primera y la segunda horas del programa duran apenas un minuto. Empiezo a pensar que el que se encarga de este programa en concreto es una clase de imbécil especial y completamente nueva.

Pero no es sólo un problema técnico, ni tampoco se puede achacar a los becarios; de becarios es ignorar una sigla porque casi no se pronucia y yo qué voy a saber, no comprobar la redacción y el cortapega de los textos antes de publicarlos, o las erratas de mecanografía, que aquí son tan pero tan comunes. En todo caso, hay alguien supervisando, se supone, un alguien, un... ¡Un periodista! El 5 de mayo tuvieron el cuajo de publicar esto, pinche para ampliar:


... que es lo peor, en términos periodísticos, que yo he visto en un medio de primera fila. Ni El Mundo publica basura con este desparpajo. Pasemos por alto la obsesión por las mierdecillas sobre el PP, que entendemos y hasta disfrutamos en ocasiones, en ese picoteo sistemático del adversario que yo llamo Rottenmeyerpolitik: alguien debería haber bloqueado la publicación de ese se-dice-se-comenta sin sentido ni contenido. Créanme si les digo que esa castaña no es demasiado extraña en la web de la SER; la calidad general le ronda, haciendo melé las cagadas técnicas con las periodísticas y las de diseño. Digan lo que quieran, pero mi opinión es que estas chusteces, en un medio de prestigio, deberían provocar algún despido, o lo que sería más apropiado, un traslado fulminante al departamento de deportes. No me darán esa satisfacción.