Que cunda el pánico, ¡que cunda! Lo dice ELPAÍS.com: la crisis empuja a muchas mujeres a volver a un oficio copado por extranjeras. Váyase haciendo a la idea: su madre tendrá que hacer la calle para pagarle a usted el ADSL. La crisis ha llegado, y vamos a morir todos. Pero la Crisis, con mayúscula. ¿Recuerda la de 1993, cuando usted tuvo que matar a un hombre por 2.000 pesetas, cuando comíamos las lentejas a oscuras para no ver los chinches, cuando el tabaco llegaba de estraperlo por el puerto de Valencia? Pues ésta es peor. Lo dicen todos los medios, ¿o no se entera? El armageddon ha llegado, y a usted se le acabó eso de llevar zapatos con suela. Y si no quiere pasar hambre, aprenda a guisar gato. Con esta prensa, le va a saber a liebre.
He sufrido en mis carnes el fango operativo del maremágnum de empresas del Grupo PRISA, pero no crean que les guardo rencor. Les diré que soy oyente cérrimo de la SER desde chiquito, porque ya saben que esto de las radios es como el equipo de fútbol o la adscripción política: se hereda como el mueble del despacho. No obstante creo que hacen una radio cojonuda, la más conservadora (!) con mucha diferencia, pero la más potente al fin y al cabo.
Eso no quita para que no me dé vergüenza ajena cada vez que abro su web e intento echar una oreja a lo que han emitido el día anterior. Ahí es cuando la SER deja de ser, se desmonta como un cacharro de mercadillo. Eso es lo que es la web de la SER: un trasto, un apéndice atrofiado que a la empresa parece importarle un cojón... mío. Me pondré más borde: hay alguien en la web de la SER que no está haciendo su trabajo, y tiene a su cargo media docena de mantas zamoranas que no saben hacer la o con un canuto o están tan mal pagados que han decidido boicotear la web desde dentro. Por ejemplo, un audio del estupendo programa de Toni Garrido en Radio Nacional de España (denle al recuadrito de la izquierda):
y ahora compárenlo con esta puta mierda:
Explíquenme la calidad de ese sonido, porque yo no la entiendo. Háganme comprender por qué la SER es capaz de colgar esta chusta inmunda, a decenas de años de desarrollo técnico de RNE, de una radio que está a cargo de funcionarios.
La calidad de los audios de CADENASER.com es lamentable, lo han visto: es común que suban esta morralla inaudible. Las radios civilizadas suben los audios completos de sus programas, como es natural, mientras que en la web de la SER suelen comenzar en mitad de un anuncio o terminar en plena frase de uno de los invitados del segmento; los programas están siempre incompletos, y las partes disponibles –no hay explicación de por qué unas se suben y otras no– se exponen troceados en segmentos de índole incomprensible. He roto a escribir esto al intentar oír la edición de anoche de Hora 25: éste de aquí es el volumen al que la han colgado. Los ácaros de mi sofá hacen más ruido.
El podcast es parecido. Todos los audios empiezan con un tipo de voz muy poco radiofónica diciendo: a continuación escucharás una grabación del programa X, que te has descargado en el pózcast (sic) de cadenaser, puntocom (lo que es información útil, digo yo), a lo que sigue un anuncio específico para ese mp3, de cualquier producto, porque la SER no gana suficiente dinero, como todo el mundo sabe, y tienen que amortizar hasta el papel higiénico. Los cortes están tan fragmentados que intentar encontrar uno en la lista acaba siendo una tarea irritante; cuando ha habido fútbol es corriente tener que saltar por entre una docena de cortes de medio minuto del Carrusel Deportivo, en los que se cantan, uno por uno, los goles de la jornada anterior. En resumen: buscar algo en el podcast de la SER es como perseguir una mariposa por una pradera llena de boñigas.
Edito dos días después: esto debe de ser una broma. El Hora 25 de anoche (día 11) en la web consta de tres cortes; el primero empieza mucho antes del segmento correcto, que consiste en un paisano hablando del 11-M (sí, lo sé) durante 9 minutos, hasta que la emisión se corta dando paso a 12 minutos de silencio. Los audios de la primera y la segunda horas del programa duran apenas un minuto. Empiezo a pensar que el que se encarga de este programa en concreto es una clase de imbécil especial y completamente nueva.
Pero no es sólo un problema técnico, ni tampoco se puede achacar a los becarios; de becarios es ignorar una sigla porque casi no se pronucia y yo qué voy a saber, no comprobar la redacción y el cortapega de los textos antes de publicarlos, o las erratas de mecanografía, que aquí son tan pero tan comunes. En todo caso, hay alguien supervisando, se supone, un alguien, un... ¡Un periodista! El 5 de mayo tuvieron el cuajo de publicar esto, pinche para ampliar:
... que es lo peor, en términos periodísticos, que yo he visto en un medio de primera fila. Ni El Mundo publica basura con este desparpajo. Pasemos por alto la obsesión por las mierdecillas sobre el PP, que entendemos y hasta disfrutamos en ocasiones, en ese picoteo sistemático del adversario que yo llamo Rottenmeyerpolitik: alguien debería haber bloqueado la publicación de ese se-dice-se-comenta sin sentido ni contenido. Créanme si les digo que esa castaña no es demasiado extraña en la web de la SER; la calidad general le ronda, haciendo melé las cagadas técnicas con las periodísticas y las de diseño. Digan lo que quieran, pero mi opinión es que estas chusteces, en un medio de prestigio, deberían provocar algún despido, o lo que sería más apropiado, un traslado fulminante al departamento de deportes. No me darán esa satisfacción.
El matrimonio de Mary Bearie y Patrick Carlin había sido tormentoso. En agosto de 1936 ya llevaban dos años separados cuando se encontraron, por casualidad, en las calles de Nueva York. En un par de horas tomando café descubrieron viejas emociones, y decidieron pasar un fin de semana juntos en el Curly’s Hotel, en la 116, y allí, entre los vapores del Harlem latino, concibieron a su hijo George. Once meses después, Mary escapaba de los golpes de su marido alcohólico por una escalera de incendios, en mitad de la noche, con el pequeño George en brazos y sin ningún lugar a donde ir.
Vivieron sin casa fija los siguientes dos años y medio, hasta que Mary consiguió la estabilidad de un trabajo como secretaria en una agencia de publicidad. El pequeño George fue a varios colegios católicos, donde le obligaron a formarse en el odio a Dios como el amigo invisible de una sociedad neurótica, y en el recelo de la religión organizada por ser fuente de odios y elaborada estafa colectiva. También asistió a la Corpus Christi School, el proyecto experimental de un párroco progresista, en la que George descubrió que la comedia era el mejor vehículo de su ingenio retórico, y lo que mejor le garantizaba la atención y la aprobación de un público formado, entonces, por alumnos y monjas, y por ende del resto de la gente. Ahí fue donde emprendió el viaje para descubrir –o decidir– quién era George Carlin.
Se alistó en el Ejército del Aire, periodo en el que trabajó en una radio local con Jack Burns, quien sería su amigo de por vida y pareja artística durante su primera época. Juntos se mudaron a Hollywood, donde encontraron trabajos en pequeñas emisoras de radio haciendo su particular dueto cómico, hasta que grabaron un disco que les puso definitivamente en el mapa. El 10 de octubre de 1960 hicieron su primera actuación en el Tonight Show de Jack Paar. Dos años más tarde, tras casarse con su primera mujer y ser detenidos los tres en Texas, confundidos con unos peligrosos atracadores, Carlin y Burns dieron por terminado su dúo cómico para buscarse la vida por separado.
El tercero no es Russell Crowe. Pulsa para ampliar.
El viaje no había terminado. George Carlin ya tenía cierta fama, y el trabajo nunca le faltó a partir de ese momento. Sus apariciones en el Tonight Show se harían muy regulares bajo el reinado de Johnny Carson, aunque poco a poco Carlin se fue acercando a lo resultaría ser su esencia, tanto cómica como humana, que pasaba por el movimiento hippie (al que se apuntó antes de que existiera) y por un cambio de aires. El cómico de la época era como un crooner, y el status marcaba una apariencia elegante y un estilo relativamente rígido. Carlin se descubrió a sí mismo el día que decidió dejarse melena y barba agitada, y empezó a actuar en camiseta. En 1969 lo echaron de una actuación por usar la palabra ass. Había llegado el verdadero George Carlin. Habían llegado los años 70.
(en 1971, sobre la decisión de Mohammed Ali de negarse a ir a la Guerra de Vietnam) Me alegro de que le permitan volver a trabajar. Como saben, (el Gobierno) no le ha dejado trabajar en tres años. La verdad es que tiene un trabajo raro: consiste en dar de hostias a la gente... pero bueno, es lo suyo, así que puede dedicarse a eso. El Gobierno quería que cambiase de trabajo. El Gobierno quería que matase a gente. Él lo pensó y dijo: “hum... no, ahí es donde pongo el límite. Yo les doy de hostias, pero no quiero matarlos”. Y el Gobierno le contestó: “muy bien, pues si no quieres matarlos tampoco puedes darles de hostias”.
George Carlin es el hijo que habrían tenido los hermanos Marx si hubieran combinado su simiente en el útero de Bob Hope (?), y éste hubiera dado a luz sobre un lecho de hojas de marihuana. Su obra es herencia de gente como Danny Kaye o Spike Jones, aunque pasada por los filtros del burlesque y el rollo hippie para despojarlos de su ingenuidad, del punto infantil y payasete que tenían y que resultó ser incongruente con el tiempo y ánimo de Carlin; añadan un toque tardío de Richard Pryor y por supuesto de Lenny Bruce, a quienes rindió pleitesía siempre. De hecho, fue detenido por indecency, o escándalo público, o lo que carajo fuera, cuando la policía irrumpió en una actuación de Bruce y Carlin se negó a identificarse ante la autoridad. Pasaron la noche juntos en comisaría, imagínense el cuadro.
Me encanta este país, me encantan las libertades que tuvimos.
Cuando uno nace en este mundo le regalan una entrada para el freak show. Cuando uno nace en Estados Unidos, le regalan asientos de primera fila.
Esa autoridad represiva y estúpida, de moral paralítica e hipocresía galopante, fue siempre la bestia negra de George Carlin. La encontraba encarnada en la fe y la religión, el Gobierno, la Guerra y la Moral como institución, pero también en los tejemanejes del dinero, en los usos y costumbres de una sociedad embrutecida por el consumo, y en las pequeñas gilipolleces que todos hacemos al cabo del día. Uno de los pilares de su act es la esfera privada del individuo y su traslación a la zona de luz del escrutinio público, que él mismo imitaba en su discurso con un ojo clínico impresionante, interpretado por su magistral uso de la mayor herramienta de manipulación de la que dispone el ser humano, el lenguaje, cuya modulación cuidadosa es la llave que ensambla lo que creemos con lo que queremos creer, nuestra vida real con la que queremos que vean los demás. Para Carlin, el lenguaje es la puerta que une y separa en el inconsciente colectivo los compartimentos del ego y el superego.
... son las siete palabras que no se pueden decir por televisión, según el bit más famoso que jamás salió de la boca de George Carlin, que es el que más han citado los mismos periodistas y media people que se pliegan a los designios de la FCC, la agencia que regula la libertad de expresión en América –ahí tienen un bonito oxímoron–. De hecho, el bit de Carlin, incluido en Class Clown (1972), hablaba de esa estupidez tan americana de prohibir en la vida pública las cosas que decimos y hacemos en la privada, citando esas siete palabras que, en efecto y salvo algunos usos permitidos, siguen vetadas en las ondas nacionales americanas. Y en parte lo están, esto es lo mejor, porque él las dijo. La noche que el bit en cuestión se emitió por la radio, un subnormal que lo iba oyendo en el coche con su hijo pequeño se quejó a la agencia, y ello desencadenó un proceso judicial que llegó hasta el Supremo, y que dictaminó, por cinco votos contra cuatro, que la FCC tenía la autoridad para regular lo que se dice en las ondas, para dibujar la línea entre lo indecente y lo obsceno, en su propia terminología de mierda. Lo que llaman bad language; George Carlin siempre dijo que, por definición, no podía existir un lenguaje que fuese malo.
Mi abuelo me decía: “hijo, me subo arriba a follarme a tu abuela”. Era un hombre sincero, y no quería mentirle a un niño de cuatro años.
Ironías de la vida, y de la religión, su madre se negó a escuchar sus monólogos porque tenían palabrotas, hasta que un día se encontró por la calle con un par de las monjitas de la Corpus Christi School a la que su hijo había asistido de pequeño. ¡Ellas fueron las que se lo recomendaron! Me lo imagino en plan “oh, Mary, ¡tienes que escucharlo! ¡El pequeño George usa palabrotas precisamente para llamar la atención sobre la hipocresía que entrañan la censura y la manipulación del lenguaje!”. Carlin contaba que eso fue lo único que pudo hacer que su madre asistiese a su obra: la aprobación de la Santa Madre Iglesia.
¿Sabéis qué es lo mejor de la necrofilia? ¡Que no hace falta llevar flores! La verdad es que ya suelen estar allí.
La energía que tenía Carlin en el escenario es algo que no se ha superado. Kinison estuvo cerca, Eddie Murphy también. Pero el primero había aprendido el estilo cristiano-anfetamínico cuando era telepredicador, y el segundo tenía veintipocos años. George Carlin mantuvo esa explosión constante de creatividad, casi a show por año y sin un descanso, con la misma fuerza del primer día, hasta el día que ha muerto con 71 tacos. Se volvió a reinventar en los años 90, cuando el resto de los stand-ups huían del escenario para hacer mierda en la tele, y siguió explorando el shock value y forzando esa dialéctica del contrato social, la ambivalencia de las ideas y las tormentas del lenguaje. Empezaba un espectáculo diciendo ¿saben una cosa de la que ya no se habla en público? ¡Los pedos vaginales! y lo terminaba con una alegoría majestuosa sobre el final del cosmos que te ponía los pelos de punta. Cojan un fragmento suyo, como por ejemplo en el que dice para mí, el terrorismo es excitante, creo que la idea de poner una bomba en un mercado y matar a varios cientos de personas es estimulante, lo veo como una forma de entretenimiento; ahora sepan que en el segundo en que terminó de decir eso el público rompió en una ovación entusiasta... ¡en la América post-11S! Ése era el viaje en el que George Carlin podía llevarte, así de bueno era.
Este país fue fundado por unos tipos que tenían esclavos y que nos enseñaron que todos los hombres nacen iguales.
Sabía explorar la psique colectiva haciendo piruetas inmaculadas, saltando con genio entre los dos extremos de ese vasto continuo, parando por el camino cuantas veces le diera la gana. Así, Carlin podía partirte el pecho con un chiste de pedos (más bien una ristra de ellos), para luego saltar a las interioridades del marketing, que también se mueve en la línea entre lo que usted hace y lo que dice hacer, entre lo que necesita y lo que compra, y podía terminar contando la anécdota de su perro Moe, que sólo tenía un huevo y se cepillaba con regularidad a su gato Vern, a quien no le importaba, para de ahí brincar de algún modo mágico a una encendida diatriba acerca de la guerra como principal activo de su país. Miren lo que decía en 1992:
Quiero hablar un rato sobre la Guerra del Golfo Pérsico, hay mucha movida en esa zona. ¿Sabéis qué es lo que más me gusta de esa guerra? Es la primera que se retransmite en todos los canales, y también por cable. Y resulta que tiene buena audiencia, ¿verdad? ¡Pues claro! ¡Nos gusta la guerra! Nos gusta la guerra porque se nos da bien. ¿Y sabéis por qué? Porque tenemos mucha práctica. Este país no tiene más que 200 años y ya nos hemos metido en 20 guerras importantes. Nuestra media es de una guerra importante cada 20 años (sic), así que somos buenos. Y está bien que lo seamos, porque ya no se nos da bien nada más. No sabemos hacer un coche decente, ni una tele o un vídeo que valgan para un carajo; no nos queda siderurgia, no sabemos educar a nuestros jóvenes ni atender la salud de nuestros mayores, ¡pero sabemos bombardear países la hostia de bien! Sobre todo si tu país está lleno de gente marrón. ¡Nos encanta, es nuestro hobbie! ¡Es nuestra tarea en el mundo, bombardear a gente marrón! Irak, Panamá, Granada, Libia... ¡si tienes gente marrón en tu país diles que se estén al loro! ¡Les vamos a meter un pepino! ¿Cuáles son los últimos blancos a los que bombardeamos? ¿Os acordáis de los últimos? Es más, ¿os acordáis de algún blanco que hayamos bombardeado? ¡Los alemanes! Esos son los únicos, y eso es porque estaban intentando quitarnos el puesto. Querían dominar el mundo... ¡una polla! ¡Eso lo hacemos nosotros!
Quizá les parece un poco tópico, pero si este tipo de discurso suena a cliché ahora, es porque él lo dijo primero, y detrás lo repitieron otros, dando forma a la conciencia colectiva. De todos los Cracks de la Comedia, George Carlin es el rey. Es, en mi opinión y sin ninguna duda, el mejor stand-up que ha habido. Sin él no habrían existido como los conocemos ninguno de los amos del late-night americano actual, incluidos –y especialmente– Jon Stewart y Stephen Colbert, ni ninguno de los cómicos formados en los setenta y ochenta y aparecidos en los noventa, como Jerry Seinfeld y Larry David, Bill Maher, Garry Shandling, Ben Stiller, Dave Chapelle o Adam Sandler, ni los genios del stand-up como Sam Kinison o Bill Hicks, ni tampoco muchos de los mejores cineastas de comedia que tienen éxito estos días, como Trey Parker y Matt Stone, Robert Smigel, Adam McKey, Kevin Smith, Tina Fey o Judd Apatow. Si les gusta Saturday Night Live, piensen que él fue su primer invitado. Es justo decir, créanme, que sin George Carlin jamás habría existido, por ejemplo, Noche Hache ni, por supuestísimo, El Club de la Comedia. ¡Piensen en el plantel de figuras de la televisión española actual si no hubiese existido! Cojan esos nombres de arriba, y los que no menciono, entre los que iremos encontrando muchos más capítulos de esta serie, y piensen en tooodos los productos en tooodos los países que se han inspirado de alguna manera en ellos. Eso les dará una idea de lo que sería un mundo sin George Carlin.
Me había planteado postear sobre una película que se estrena hoy, que tienen que ver sin falta lo antes posible, pero me siento incapaz de superar la pereza veraniega, mi incapacidad para el multitasking, y en especial todo lo que otros blogueros mucho más aplicados y brillantes han escrito ya sobre ella. Yo habría evitado la criticosis, pero le habría dado una vuelta al elemento paradójico de la aventura del protagonista, aunque habría sido una paja mental lastimosa e inútil con toda probabilidad. Por un rato me planteé escribir una súplica más o menos disimulada para que salven un poco la taquilla y así podamos ir elevando poco a poco el criterio de los distribuidores españoles (y del público, qué carajo), pero a la vista del éxito de 3 Días he preferido no hacerlo. Tampoco habría sobrado una ristra de piropos a la chica de la película, una lista tan vergonzante como descarada, reprobable desde cualquier punto de vista, pero me habría garantizado una orden de alejamiento. Por último pensaba reflexionar con ustedes sobre una casualidad concebible rematada por otra mucho más desconcertante, que me atormenta desde hace unos días, pero me queda mucho que demostrar antes de poderla contar sin la sospecha de que me están tomando las medidas para la camisa de fuerza, o por un loser oportunista y maquiavélico. El post iba a terminar con una lista de enlaces para la ocasión, pero Noel se me ha adelantado, así que a la mierda. Dejen de leer esto y vayan ahí. Y después, al cine.
Entiendan que no podía ser yo el único bloguero de España que no hablase de esa película.
En la reciente tradición de las series larrydavidianas hay de todo, y nada bueno: frustrados, losers millonarios, neuróticos, sociópatas, ególatras, envidiosos patológicos, pervertidos, adictos, exhibicionistas y toda clase de malparidos. Por eso nos encantan.
No se lo pierdan, porque esa corriente acaba de traer a la orilla su primer hijo español. Antonio Castelo y Adolfo Valor no vienen de crear una serie de 200 millones en sindicación, ni han protagonizado una sitcom de diez temporadas a millón de dólares por capítulo, ni han logrado perder 60 kilos de peso. Pero no importa porque, como todo el mundo sabe, en el audiovisual español las cosas buenas no queda más remedio que hacerlas al revés. Por eso se han tirado a la piscina y han arrancado la ciberserie Tú antes molabas, que podría llamarse sin problema Tú vas a molar, Tú te molas, o Tú molas, chico, dicha ésta última imitando a Ricard Solans.
Cuando la vean, sepan que están viendo un trocito del futuro. Qué trozo es ése, ni puta idea. Pero entre esto y el Cronojuego pueden ustedes hacer tiempo en lo que saco un rato para atacarles con la segunda parte de Humor vs. Comedia. No desesperen: será tan petulante, pestífero y arrebatadamente ignorante como esperan, y puede que un poco más. Salud.
He pensado que es conveniente un pequeño post informativo para aquél a quien pueda resultar de utilidad:
La expresión “buenos días” –y todos sus derivados– constituye un saludo mediante el que se desea buena ventura al interlocutor en los próximos días de su vida o hasta la próxima ocasión en que ambos se encuentren, en la que podrán renovar tal deseo. De ahí que en ocasiones se concrete dicho deseo añadiendo “... tenga usted”, o que el interlocutor complemente la expresión con la respuesta: “... nos dé Dios”.
Siendo así no hay razón alguna para inferir que al decir “buenos días” estemos haciendo ningún juicio acerca de la calidad de dichos días, o de cualesquiera venideros.
Por lo tanto, el próximo que, en comentando una mala nueva, a un “buenos días” le añada un “... por decir algo”, se va a llevar una hostia en los morros.
Hay veces que uno va a ver una película con verdaderas ganas. Hoy se estrena 3 Días, y es una de esas veces. La idea de un pepino espacial que va a chocar contra la Tierra me deja bastante frío en el esquema americano de las cosas; sin embargo me pone bastante peleón si tiene lugar en el culo de Andalucía, entre cardos borriqueros y pozos secos, a la sombra de los crímenes de un asesino en serie, y sabiendo que el piedro va a caer al cuarto día, sí o sí, te pongas como te pongas.
La dirige F. Javier Gutiérrez, y fíjense en él, porque además de ser jodidamente encantador es un tipo que sabe lo que hace. Esa asociación cultural (de la que usted forma parte) que es el Cine Español –entendido como hecho diferencial, ya saben– será el que decida si este señor ha llegado para quedarse, montado en su meteorito, o si pondrá pies en polvorosa y se marchará a descubrir América, que es lo que me da a mí que se está planteando. Y espero que no lo haga, porque es la clase de cineasta que necesitamos por aquí. Tiene una puesta en escena que cuenta cosas con un solo fotograma, independientemente de la punta que le quiera usted sacar a lo que está pasando, a base de trabajar elementos que, no debiendo, todavía sorprenden por aquí, como las atmósferas de sonido bien curradas y un intermedio digital bien llevado. Viendo 3 Días no tuve la sensación, que sí tengo con gran parte de los realizadores españoles, de que el director no sabía lo que iba a pasar a continuación delante de la cámara. No sé si me explico.
El guión es otro tema, pero como hoy me ha sentado bien la comida no voy a ser muy perro. Tampoco es que a nadie le importe un cuerno lo que tenga que decir, pero en este caso merece la pena ahorrar en improperios. Me gustaría saber más sobre lo que sucede desde que Juan Velarde escribe su historia hasta hoy que se estrena la película (si alguien de la producción tiene la amabilidad...), pero como no lo sé debería callarme la boca. Podría especular sin tener ni idea, que para eso tengo un blog –o qué pensaban–, y decir que las distintas versiones del guión están entretejidas una sobre la otra con demasiado relieve en las costuras y, sobre todo, con la mano grande de la Producción amasándole la cabeza a los creadores en algunos elementos, haciendo que las cosas no lleguen hasta el extremo al que debían haber llegado, manteniendo a la película a ras de suelo cuando podría haber ido más lejos.
Hay más problemas, pero ya digo: no merece la pena despotricar porque, además, usted debe ir a ver esta película. Dése el gusto de ir al cine español a ver dos millones de presupuesto currados en realización y producción de manera tan fina que hacen lucir el conjunto como si hubiese costado doce. Disfrute de una película diferente, de las que todavía no se hacen aquí, y llegado el día sólo se podrán hacer aquí, a salvo de los focus groups, el marketing previo y la ampulosidad global americanos. ¿Cuántas películas españolas ha visto usted como ésta, que arranquen con un planazo y terminen con otro planazo? Pues eso. Tiene que ir a verla para que sus seis euros aparezcan en las cifras de taquilla y los productores de este país se animen a meterse en jardines como el de esta película sin tener que hipotecar su casa. Hágalo para que F. Javier Gutiérrez no huya de España... ¡su blog ya está en inglés! Si usted se para, el cine español le atrapa. Por favor, que toda esta publicidad gratuita haya valido para algo.
Supongo que por el caso de la empleada de la COPE que ha sido despedida por invertida y descastada, Daniel Anido escribe un editorial en CADENASER.com para quedarse a gusto.
Cuando fluye la baba y el periodismo se acojona la tiniebla va cubriendo el espacio vacío; un territorio abandonado que ocupan pajilleros, reprimidos, grasientos, puteros, siniestros, cobardes y acomplejados, con nombres y apellidos.
Aire fresco para mi cueva. Aunque no añada nada –no dice nada que ustedes no sepan; es más, no dice casi nada–, yo se lo agradezco sinceramente. Ya lo he comentado alguna vez, y cada vez se me hace más necesario. Creo que la parte sensata del progresismo de nuestro país todavía tiene que aprender a separar la etiqueta del nometoquesloscojones, y responder a tintero lleno a los desgraciados de la derecha que llevan la mala hostia tan a mano como la taza de café por la mañana. Ya es hora de que a algunos el frontón les empiece a devolver las pelotas: con suerte alguna les dará en los huevos.